TRES POEMAS DE MÉTODOS DE LA NOCHE

 

Hiperión
Madrid, 1998

 

(EDÉN)


Entre los mil hedores
de cáscaras añejas, de mal roídos huesos
y astillas de cristal amanecido,

entre la araña inmóvil de la mugre
o el vuelo sordo de un insecto,
sobre una cima irregular,

respirando abyección
y devolviendo música en su aliento,
la malherida rosa azul de siete pétalos

durmiendo.





(PASIÓN)


El sol se ha desgastado en las paredes
y uno no sabe adónde ir a buscar la luz,
qué cuerpos, qué licores
podrían convencerla.

¿Pero y si el hábito
no es ese monstruo lento, previsible
que poco a poco delata sus facciones
en el espejo ciego de la tarde?
¿Y si acaso no basta con un tiro
para quebrar su imagen
justo antes de que asome la cabeza?
Qué entonces si el cansancio es el origen de las cosas.

No desearía parecer vulgar
(o aún peor: sincero) si pregunto
a quiénes muerdo ahora, qué licores,
qué venas no están secas antes de congelarse,
a ver señores uno dice
dónde es que habita (o yace fusilado)
el delirio,
y vayamos a adorarlo.

Lo digo más que nada
porque me acaba de mirar (dudo que casualmente)
un hada triste y suculenta
con ojos lúcidos y senos de banquete
(perdonen la asonancia, es que me turbo)
y entonces preguntaba más que nada
para saber si acaso aún existía
eso que en libros he leído tantas veces.





(LA NOCHE ENTRE PARÉNTESIS)


La noche entre paréntesis
y su adictivo roce
bastaron para hacerme conocer
el ansia elemental,
latidos de unas ropas,
la rápida tristeza de una vela,
música cómplice, un rincón
el peso y la medida del olvido.