SINOPSIS

Un viaje. Dos triángulos. Tres voces. Una vuelta de tuerca matriarcal a la road movie : padre e hijo salen a la carretera juntos, por primera y quizás última vez; mientras la madre toma la palabra y emprende por sí misma una segunda exploración, incluso más arriesgada.

Lito acaba de cumplir diez años y sueña con camiones. Mario está enfermo y tiene deudas con su memoria. Antes de que sea tarde, ambos inician un decisivo viaje en el que compartirán mucho más que tiempo y espacio. Acosada por la idea de la pérdida, Elena combate el miedo sumergiéndose en una catártica aventura capaz de desafiar sus límites morales. Adicta a la lectura, no dejará de toparse con su propia vida en los libros, o viceversa.

Alternando ternura y crudeza, Hablar solos se desplaza de la infancia a la perversión, de la familia al duelo. Una novela sobrecogedora que indaga en las relaciones entre Tánatos y Eros, planteando una pregunta de profundas consecuencias: ¿cómo afecta la enfermedad a nuestra forma de leer y de vivir el sexo?

EXTRACTOS DE HABLAR SOLOS

 

Alfaguara
Buenos Aires-Madrid-Bogotá-Santiago-México DF, 2012
Caracas-Quito, 2013
ed. bolsillo, 2013

 

Extractos del diario de Elena


Los derechos del enfermo están fuera de duda. De los derechos de quien lo cuida nadie habla.

(...)

Me pregunto si, quizá sin darnos cuenta, vamos buscando los libros que necesitamos leer. O si los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar. En el fondo todo libro es el I Ching. Vas, lo abres y ahí está, ahí estás.

(...)

Los libros me hablan más de lo que nos hablamos. Leo sobre enfermos y muertos y viudos y huérfanos. La historia entera de los argumentos cabría en esa enumeración.

(...)

Me desprecio al escribirlo, pero a veces el cuerpo de Mario me da asco. Tocarlo me cuesta tanto como le cuesta a él mirarse en el espejo. Su piel reseca. Su silueta huesuda. Sus músculos blandos. Su calvicie repentina. Yo estaba preparada para que envejeciéramos juntos, no para esto. No para dormir con un hombre de mi generación y despertar junto a un anciano prematuro. Al que sigo queriendo. Al que ya no deseo.

(...)

Lo de Ezequiel no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Lo suyo es algo distinto. A él le gustan los granos. Los talones sucios. Los movimientos de la celulitis. Los pelos en todas partes. Como esos que se encarnan en las ingles, parecidos a cabezas de alfileres. Hasta los pedos, le gustan. Es algo extraordinario. Todo lo que se pueda oler, sorber, apretar o morder intensamente, a él le parece digno de la mayor admiración. Me mastica las axilas. Me lame las piernas sin depilar. Me chupa los pies con heridas de las sandalias. Respira en mi ano. Se frota la verga con las asperezas de mis codos. Eyacula en mis estrías. Dice que todo eso, la abundancia de mis imperfecciones, proviene de la salud. Hoy, en su casa, me explicó que cada día ve tantos cuerpos secándose, perdiendo brillo, degradándose poro a poro, que ha terminado por excitarse con lo más vivo, con todo lo que rebosa del cuerpo con entusiasmo. Que para él la belleza era eso.

(...)

La compasión destruye a su manera. La compasión es un ruido que interfiere en todo lo que Mario dice o no me dice. De noche, junto a su cama, no consigo dormirme oyendo ese ruido.

(...)

La acción parece drásticamente clara: cuidar, velar, abrigar, alimentar. ¿Pero y mi imaginación, que también ha enfermado? ¿Me equivoco anticipándome, ensayando una y otra vez lo que vendrá? ¿Eso me prepara para la pérdida de Mario? ¿O me arrebata lo poco que me queda de él?

(...)

Cuando se muere alguien con quien te has acostado, empiezas a dudar de su cuerpo y del tuyo. El cuerpo tocado se retira de la hipótesis del reencuentro, se vuelve inverificable, pudo no haber existido. Tu propio cuerpo pierde materialidad. Los músculos se cargan de vapor, desconocen qué apretaron. Cuando se muere alguien con quien has dormido, no vuelves a dormir de la misma manera. Tu cuerpo no se deja ir en la cama, se abre de brazos y piernas como al borde de un pozo, evitando la caída. Se empeña en despertarse más temprano, en comprobar que al menos se posee a sí mismo. Cuando se muere alguien con quien te has acostado, las caricias que hiciste sobre su piel cambian de dirección, pasan de presencia revivida a experiencia póstuma. Imaginar ahora esa piel tiene algo de salvación y algo de violación. De necrofilia a posteriori. La belleza que alguna vez estuvo con nosotros se nos queda adherida. También su temor. Su daño.

(...)

Los adultos, ya no digamos las madres, preferimos que la infancia sea ingenua, agradable y tierna. Que sea, en suma, al revés que la vida. Me pregunto si, por evitarles el contacto con el dolor, no estaremos multiplicando sus futuros sufrimientos.

(...)

Cuando un libro me dice lo que yo quería decir, siento el derecho a apropiarme de sus palabras, como si alguna vez hubieran sido mías y estuviera recuperándolas.

(...)

Me asusto cuando a veces, momentáneamente, te olvido. Entonces corro a escribir. No tendrás queja. Hasta olvidarte me recuerda a ti.




Fragmento de la grabación de Mario


...cuando tengas mi edad, más o menos, puede ser que te sientas protector, y ya no vas a tener un padre al que cuidar, te va a faltar el padre para ser ese hijo, voy a ser una ocasión perdida, así que ahora, bueno, ahora vienen los consejos, me siento un poco ridículo, lo ideal sería que me observaras durante media vida y pensaras: a ver, de este señor equivocado que es mi padre, rescatemos un poco esto y esto, y lo demás que se vaya al carajo, qué le vamos a hacer, no, no podemos.

Diviértete, ¿me oyes?, cuesta mucho trabajo divertirse, y ten paciencia, no demasiada, y cuídate como si supieras que no siempre vas a ser joven, aunque no vas a saberlo y está bien, y que siempre haya sexo, hijo, hazlo por ti y también por mí, hasta por tu madre, mucho sexo, y que los hijos vengan tarde, si vienen, y ve a la playa en invierno, en invierno es mejor, ya vas a ver, me duele la cabeza pero me siento bien, no sé cómo decirlo, y que de vez en cuando viajes solo, y que no te enamores todo el tiempo, y sé coqueto, ¿me oyes?, los hombres que no son coque-tos tienen miedo de ser maricones, y si eres maricón, sé un hombre, en fin, los consejos sirven de poco, si no estás de acuerdo no los escuchas, y si ya estás de acuerdo no los necesitas, nunca confíes en los consejos, hijo, un agente de viajes recomienda lugares a los que nunca va, me vas a querer más cuando envejezcas, pensé en mi padre en cuanto nos bajamos del camión, el verdadero amor por los padres es póstumo, perdóname por eso, ya me siento orgulloso de lo que vas a hacer, me encanta cómo cuentas las horas con los dedos cuando pones el despertador, ¿o te crees que no te veo?, lo haces a escondidas, por debajo de la manta, para que yo no sepa que te cuesta hacer la suma, voy a pedirte un favor, pase lo que pase, por muchos años que tengas, no dejes de contar las horas con los dedos, promételo, pulpo.




Extractos del relato de Lito


Entonces me pongo a cantar y se me agranda la boca. A papá le da risa verme así de contento. Pero mamá no se ríe.

(...)

Llevaba pidiéndolo no sé cuántos veranos. Siempre me contestaban lo mismo. Más adelante. Odio que digan eso. Me imagino una cola larguísima de niños y que yo soy el último. Esta vez discutieron. En voz baja. Moviendo mucho los brazos. Se encerraron los dos en la cocina. No me gusta nada que hagan eso. ¡La cocina es de todos!

(...)

Nos acostamos de espaldas al volante. La litera está dura. Papá me pasa un brazo por encima. Su brazo huele a sudor y un poco también a gasolina. Eso me gusta. Cuando cierro los ojos empiezo a escuchar a los grillos. ¿Los grillos nunca duermen?

(...)

Mamá no sabe usar el teléfono, me río. ¿Cómo que no?, dice papá. Si lo usa todos los días. Y lo tiene desde antes de que tú nacieras, artrópodo gruñón. Bueno, contesto, pero no sabe. Siempre manda mensajes con veinte o treinta letras de más. Así le sale más caro. Y desperdicia como cien letras. En algunas cosas, dice papá, no hace falta ahorrar.

(...)

Papá se va de la mesa. Camina hasta la barra. Paga. Se queda mirándome. Muy fijo. Creo que en cuanto me termine el helado vamos a tener que subir a la habitación. Uf. Papá vuelve. Se acerca. Me levanta la cara con las dos manos. Y me propone quedarnos a tomar una copa. ¡Una copa! ¡Papá y yo! ¡En un bar! ¡De noche! No lo puedo creer. Esto sí que es lo máximo. Me levanto de la silla. Me limpio el sirope con una manga. Me pongo bien derecho. Y nos vamos los dos juntos a la barra. Papá se pide un whisky. Yo me pido una fanta. Con mucho, mucho hielo.

(...)

Pasamos un cartel que dice: Valdemancha. Este último día de viaje me está pareciendo el más corto. Vamos con la radio bien alta. Sigo el ritmo de la música con las piernas. Papá casi no habla. Me pongo a contar los coches que nos cruzamos. De repente se me ocurre una idea. Papi, digo, ¿podemos ver el mar? Él no contesta. No sé si me ha escuchado. Ni siquiera parpadea. Pero de pronto dice: Podemos. Y cambia de carril.