SINOPSIS

El presente poemario propone una mística terrenal donde lo que se eleva es la carne pensativa, y lo único sagrado es el instante en fuga. Una espiritualidad laica que, celebrando el privilegio de «haber llegado/ al lugar donde estaba», se opone a la trascendencia para no «cederle terreno a las alturas». Cantos de lucidez vitalista que toman la alegría, esa «palanca de respuestas», como horizonte en marcha. Poemas que reflexionan sobre la necesidad de la poesía en el presente; que asocian ciencia y emoción; que sugieren un modelo distinto de amantes: el personaje de la artesana, horizontal y antiplatónica, y una voz masculina que expresa su deseo de intercambio con ella. Versos contra el romanticismo del dolor, muchas veces cantados desde el dolor mismo, para reivindicar la maltrecha belleza de «este lugar que apesta y me conmueve».

CINCO POEMAS DE MÍSTICA ABAJO

 

Acantilado
Barcelona, 2008

 

(PLEGARIA DEL QUE ATERRIZA)


Cielo, yo que no creo que en ti floten mensajes
y que leo en el alma (y digo alma)
cómo nada más alto nos protege
que el placer, la conciencia y la alegría,
yo te prometo, cielo, si aterrizamos sanos
que guardaré este miedo que hace temblar mi pulso
mientras escribo en manos de la furia del aire.
Lo guardaré, si llego, no para fabular
razones superiores ni para desafiarlas
sino por recordarte siempre, cielo,
liso, llano y azul como ahora te alcanzo,
hermoso, intrascendente, un simple gas que agita
la luz y me conmueve
como sólo un viajero transitorio,
como sólo un mortal puede saberlo.





(LA DULCE CUCHARADA)


Es lo que necesito para hablar.
No el hecho: la inminencia.
No el vuelo del gran pájaro
sino un roce de ala.

La palabra dibuja
la meta sin el límite.
En su persecución interminable
el casi me seduce, me transporta.

Tengo ganas de casi para siempre.
De restarle a lo exacto la dulce cucharada.





(MUJER LEYENDO)


Admirar es el verbo
que dice en su doblez
lo que despierta en mí tu quieta pose.
Esa misma doblez está en tus pechos
porque elevas el libro y lo sostienes
juntando bien los brazos, plegando la atención.
Me tienta imaginar el personaje
al que estás abrazando, en qué adjetivos
prefieres detenerte. Me entretengo
calculando la pausa, la cadencia
con que pasas las páginas: sonrío
al comprobar que eres una lectora lenta,
con rodeos de asombro o de pregunta.
Quién pudiera de ti recibir esos ojos
con el mismo deseo, con idéntica hondura.
Eres lo que hace falta. Belleza meditando.
Carne con su temblor y su sintaxis.
Ese lugar en que la inteligencia
y la sensualidad se hacen un nudo.





(OTROS HOMBRES)


Un propósito urgente:
redescubrir el cuerpo que omitimos
mientras nos ocupábamos de poseer los otros.
No basta con mirar a las mujeres
con un ojo distinto, es la hora
de adelantarse al borde del espejo
y tocarnos curiosos
como un agua primera y matutina.
No concluirá la luna su mudanza
sin que el sol modifique sus costumbres.

Lloramos con torpeza, somos débiles.
Ansiamos dar placer y recibirlo,
aprender a nombrar la carne propia
modesta y masculina.
¿No sería viril saber cantarle
a la espalda encorvada que soporta
este saco de piedras en herencia?
¿Y los pies? Ah, los pies:
¿no son también hermosos
a su modo cuadrado y poco grácil,
preparados por firmes para dar
un paso hacia la duda?





(ODA SOBRE LA ODA DEL VIEJO RUISEÑOR)


Sentado bajo el árbol que sustituye al árbol
donde John Keats oyó cantar al ruiseñor
me pregunto qué acordes hubieran sorprendido
al poeta una tarde del año 2006.
El oído es un ojo que lee como vive
y la vida presente se ha vuelto un pentagrama
caótico, crispado, cada vez más agudo.
Tampoco el ruiseñor sería el mismo pájaro:
antes era un milagro en medio del reposo,
melódico misterio en labios de la noche.
Pero hace ya tiempo que los seres alados
perdieron el reloj a través de las ramas
y un reflejo nervioso de vatios en cadena
los obliga a cantar torpemente a deshora.
Lo más probable hoy es que Keats no pudiese
oír a un ruiseñor ni distinguir su canto.

Pero, ah, ¿y si pudiera? ¿Y si en este jardín
bajo el cielo de Hampstead quedara algún jirón
de silencio flotando? De ser así me temo
que esta tarde el poeta ya no habría envidiado
la estirpe voladora ni exclamado en un trance
de armónico furor: «¡Tú no naciste
para la muerte, pájaro inmortal!».
Se habría referido más bien a la extinción
de especies muscicápidas, al smog enredado
entre sus alas cortas o al tenso laberinto
de tendidos eléctricos que dificulta el vuelo.

Y pese a todo Keats, que cantaba mejor
que el cándido jilguero o la inconsciente flauta
al final suspiró: «No nos puede engañar
tan bien la fantasía», dudando si los sones
habían sido fruto de un sueño pasajero.
Quizás esa sospecha amarga y terrenal
(que en lugar de mancharlo eleva su poema)
nació del rumor rojo de las enfermedades,
de la sangre perdida por la boca que canta.
Al comprender temprano que su vida era breve
el ruiseñor John Keats intentó imaginar
una voz más constante durando en las alturas,
algún pájaro eterno a lo largo de siglos
unísonos, aéreos…

Y fue en aquel refugio,
resguardado a la sombra de este leve ciruelo
que no es el genuino y que me desprotege,
donde el joven cantor soñó la permanencia
hace doscientos años sin suponer que alguien
(yo mismo o cualquier otro: la historia nos transplanta)
pagaría un billete para probar su asiento
y saldría más tarde pensando en viejas odas,
en la remota cuerda de la tuberculosis,
oyendo un aletear de fugaces motores
(¿de dónde provendrán?, ¿adónde vuelan?)
y parando a comprar un frasco de jarabe
en la absurda farmacia llamada Keats, oh tiempo,
que han abierto a la vuelta de su jardín inmóvil.