SINOPSIS

«Me gusta que las cosas que me gustan estén por ocurrir.» Esa prometedora inminencia podría definir estos cuentos, que supusieron la primera incursión de Andrés Neuman en la narrativa breve. Un conjunto de sugestivas miniaturas y brevedades que indagan en los misterios, geometrías y mutaciones de la expectativa. Que transcurren entre la mirada de alguien que aguarda y algún deseo irrealizable. Su intenso ejercicio de inquietud propicia las revelaciones del que espera arrullado, de aquel a quien ya no esperábamos, de las últimas paciencias o las penúltimas esperanzas.

Coincidiendo con el décimo quinto aniversario de este debut y del nacimiento de Páginas de Espuma –a modo de cumpleaños unísono–, ofrecemos al fin una nueva edición de El que espera, minuciosamente revisada y con siete nuevos textos de la misma época. En sus páginas brillan el precoz talento del autor y los múltiples vínculos con sus obras posteriores. De este modo los lectores que han esperado junto a su escritura verán, ahora sí, un deseo cumplido.

DOS CUENTOS DE EL QUE ESPERA

 

Páginas de Espuma (ed. rev.)
Madrid, 2015
Anagrama (1ª ed.)
Barcelona, 2000

 

DESPECHO

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de un cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para quererme.




TORNASOL

Sobre los muebles del despacho caía la luz de costumbre. A medio abrir, la persiana de varillas repartía las sombras como si fueran barajas. Junto a varios montones de fichas de cartulina alineadas con toda exactitud, a un costado de la mesa, una jarra de agua proyectaba distorsiones y reflejos. En el centro, la mano pulcra y pálida de la doctora Freidemberg garabateaba en una de las fichas. El blanco agudo del delantal jugaba al ajedrez con la butaca de cuero negro.

El timbre del teléfono interrumpió la escritura.

¿Sí? ¡Doctora Freidemberg, doctora! Sí, ¿dígame? ¡Doctora, esto se acaba! Perdone, ¿con quién hablo? ¡Soy yo: Castillo! Ah, cómo le va, Castillo, qué desea. La llamo para anunciarle que voy a suicidarme. ¿Cómo dice, Castillo? Que pienso suicidarme en cuanto cuelgue, la llamo porque había prometido avisarle antes de hacerlo, no tengo gran cosa que decirle aparte de eso. Pero, Castillo, usted es consciente de... Perfectamente, doctora, perfectamente. A ver, Castillo, por qué mejor no almuerza tranquilito, pasa por la consulta esta tarde y me lo explica en persona. Olvida usted que las consultas son los jueves, doctora. Pero este es un caso de fuerza mayor, hombre, podemos trasladar la sesión del jueves a hoy. Al contrario, este es un caso de lo más sencillo, se trata sólo de agradecerle su comprensión durante todo este tiempo y de que sepa que voy a ahorcarme en la habitación de mi hija, ha sido usted de gran ayuda para mí, doctora, no sabe la tranquilidad que siento ahora que sé que debo morir. Escúcheme bien, Castillo, ahora mismo usted se toma un taxi y se viene inmediatamente a mi consulta, lo espero dentro de media hora, además, cómo se le ocurre que va a ahorcarse en la habitación de su hija. Mi hija se fue de casa hace dos semanas, como bien sabe usted. ¡Caramba, ya lo sé, pero de todas formas!, ¿le parecería bonito que su hija supiera que su padre se colgó en la misma habitación donde ella ha dormido tantas veces, cómo cree usted que se sentiría? En eso tiene razón, doctora, lo que ocurre es que en la habitación de mi hija está la única lámpara propicia, yo no pretendo herirla en sus sentimientos, todo lo contrario, acabo de dejarle una carta extensísima donde le explico todo con lujo de detalles. ¿Ha escrito usted una carta? Sí, doctora, y le aseguro que es lo suficientemente efusiva como para que mi hija no se tome mi suicidio como algo personal. Pero, Castillo, ¿cuánto tiempo lleva meditando esta idea? Bueno, no podría responderle con exactitud, en realidad si uno lo piensa bien llega a la conclusión de que lleva pensándolo más o menos toda la vida, estas cosas no son instintivas, doctora, no intente convencerme porque se trata de una cuestión de principios, ya hemos hablado de esto muchas veces, no sé de qué se sorprende. ¡Pero en el último mes ni siquiera habíamos vuelto a mencionar el tema! Precisamente, doctora, precisamente, ya lo tenía decidido y no quedaba nada más que hablar de eso. Siempre quedan muchas cosas por hablar, se lo aseguro. ¿Ah, sí?, ¿como qué, por ejemplo? Como por ejemplo las infidelidades de su mujer, hasta ahora hemos analizado más las culpas de su mujer que las suyas propias. No necesito que me las recuerde, doctora, mis propias culpas las purgo yo solito, ya ve que no me las arreglo mal para eso, ahí está la cuerda, esperándome. ¿Pero no le asusta la muerte, Castillo? La muerte es hermosa, doctora. ¿Y usted cómo lo sabe? Lo sé, lo sé, créame. No puedo creerle porque usted y yo, por suerte, estamos vivos. Es muy pobre estar vivo, doctora. ¿Cómo dice? Que un cadáver es un cuerpo que ha conocido la vida, pero en cambio nosotros no conocemos qué es estar muerto, por lo tanto nos falta algo. ¡Es a ellos a quienes les falta, les falta la vida, Castillo, la vida, que es lo que le permite a usted estar diciéndome disparates por teléfono! Los muertos son más sabios. ¡La sabiduría es la memoria, Castillo! Sí, pero la memoria más perfecta es la que dejan los muertos. Bueno, mire, le propongo un trato: de ahora en adelante vamos a dedicar nuestras sesiones a discutir la idea de la muerte, vamos a pasar horas analizando libros, películas, experiencias propias y ajenas relacionadas con la muerte, y así, al cabo de un tiempo, podremos decir que sabemos del morir tanto o más que los muertos del vivir, pero con una maravillosa ventaja: nosotros estaremos aquí para contarlo, y ellos no, ¿qué le parece?

¡Conteste, Castillo, qué le parece! Está usted intentando convencerme, carajo, siempre está intentando convencerme de algo, ya estoy harto de que me haga creer que me equivoco. Ay, es la vida misma la que lo está persuadiendo. No, doctora, la vida me ha persuadido para que me cuelgue, usted no puede entenderlo porque las cosas le van estupendamente, pero los miserables como yo no tenemos por qué seguir sufriendo la humillación de levantarnos cada mañana y evitar los espejos para no llorar de vergüenza por los sueños que teníamos de jóvenes. Usted qué sabrá cuántos sueños he tenido que resignar, Castillo. No, no lo sé, la verdad, pero sí sé que ahora está en su consulta, con la pared llena de diplomas y una vocación cumplida y un buen sueldo, ¡mierda si tiene un buen sueldo!, no voy a saber yo cómo les roba a sus pacientes… ¡Castillo! Claro, para usted debe ser reconfortante pasarse el día escuchando las penas de los demás, y después llegar a casita y decir: ¡por fin en paz!, ¡por fin tranquila!, y salir a cenar o a ver una película bien acompañada, y después dar un paseo por el centro pensando: ¡qué preciosa noche...! Se equivoca, Castillo. Y después llegar a casita de nuevo y servirse la última copa, poner algo de música... ¡Le digo que está equivocado! Y después ir al dormitorio, dejar que la desnuden muy despacio... Pero escúcheme... Follar hasta que amanezca como una perra desesperada... ¡Castillo, cómo se atreve!

La doctora Freidemberg encendió un cigarrillo.

Doctora, le pido perdón por entrometerme en su vida sexual, estoy algo alterado, aunque reconozcamos que usted conoce al dedillo la mía, en fin, mil disculpas, no quiero morir con mala conciencia. Escúcheme muy bien: le agradezco que retire el comentario, pero ese no es el punto, Castillo, usted necesita reflexionar menos acerca de sí mismo y abrirse a los demás, usted cree que conoce la vida y sólo se fija en la suya, es natural que se considere desgraciado porque nunca se le ocurre pensar en los problemas ajenos. Es que mis problemas son más graves que los ajenos, doctora. Todos tenemos conflictos, Castillo. No me diga, ¿y qué problemas graves puede tener una mujer como usted, por ejemplo? Mire, para empezar, ya que tanta curiosidad tiene, le informo que estoy divorciada hace siete años, y que desde entonces son muy pocas las veces que he tenido la oportunidad de cenar a la luz de las velas, como usted dice. Yo no he dicho eso, he dicho solamente tomar una copa y poner música, ¿lo ve, lo ve?, al menos tiene usted el privilegio de una noche romántica de vez en cuando, no tiene derecho a quejarse. ¿Y qué me dice del privilegio de separarme otras dos veces, y de perder el juicio por el reparto de bienes con mi exmarido, le parece romántico? Yo sé muy bien lo que es separarse, doctora, y separarse cornudo. Fíjese, yo en cambio no he tenido ese placer, a mí me tocó más bien el honor de abandonar yo misma al hombre que me daba puñetazos. ¿Cómo, su marido le pegaba? No, mi marido no: el otro tipo con el que cenaba a la luz de las velas. ¡Carajo! En fin, Castillo, como ve, tiene que aprender a pensar en los demás. No sé, doctora, yo lo único que pienso ahora es que deberíamos suicidarnos juntos. Yo jamás he pensado en quitarme la vida, Castillo. Allá usted, a mí los males de los demás no me consuelan del mío. ¡Pero si sus males no son para tanto, hombre, me los ha contado todos y le aseguro que conozco a un montón de pacientes en su situación, e incluso en peores condiciones! Y qué, ¿le parece interesante comparar desgracias ajenas? Desde un punto de vista estrictamente profesional, sí. O sea, cuanto más suframos los pacientes, mejor para usted. ¡No diga tonterías! Cuanta más miseria pasemos los demás, más dinero y experiencia acumulada para usted, ¿eh? Acabo de demostrarle que conozco el dolor íntimo, Castillo. Muy bien, entonces por qué no se analiza a sí misma y deja que los demás nos colguemos en paz. Castillo, le confieso que me están entrando ganas de desistir y dejarlo que cometa una barbaridad. Ah, no me diga. Sí, sí le digo. ¡No te voy a dar ese gusto, hija de puta! Haga el favor de no insultarme. ¡Me limito a llamarte por tu nombre, puta del desengaño, bruja de la locura, cállate de una vez! ¡Castillo! ¿Colgarme yo, para que el día de mi funeral pienses: hicimos lo que se pudo desde un punto de vista profesional, pero al fin y al cabo se lo tenía merecido? ¡Pero cómo se le ocurre semejante...! Nada, no me cuelgo nada y se acabó, ¡qué te has creído!, y además voy a joderte por partida doble: ni vas a ir a mi funeral, ni vas a tener paciente los jueves a las seis, ¡hasta nunca, bruja!

La doctora Freidemberg tardó varios segundos en soltar el teléfono. Por el auricular se oía el pitido monótono de la línea. Lo colocó sobre el aparato, buscó una llave en su bolsillo y abrió uno de los cajones. Escogió una ficha, hizo algunas anotaciones y la devolvió al cajón. Una rejilla de luz ámbar rayaba el escritorio y las mangas de su delantal. Afuera no cantaban los pájaros. La jarra de agua, casi vacía, proyectaba distorsiones y reflejos tornasol.