SINOPSIS

Un viajero enigmático. Una ciudad en forma de laberinto de la que parece imposible salir. Cuando el viajero está a punto de lograrlo, un insólito personaje lo detiene, cambiando para siempre su destino. Lo demás será amor y literatura. Un amor memorable, capaz de agitar por igual camas y libros, en un mundo imaginario que condensa a pequeña escala los conflictos de la Europa moderna.

Interpretación posmoderna del Romanticismo, El viajero del siglo propone un ambicioso experimento: releer el siglo diecinueve con la mirada del veintiuno. Poner a dialogar la gran novela clásica con las narrativas de vanguardia. Un puente entre la historia y los debates de nuestro presente: la extranjería y las identidades nacionales, la importancia de la traducción, la lucha de las mujeres por la igualdad.

Andrés Neuman despliega un mosaico cultural al servicio de un intenso argumento, lleno de inteligencia, humor y personajes emocionantes, con un estilo sorprendente. El amor como metáfora de la traducción, la traducción como metáfora del amor.

TRES FRAGMENTOS DE EL VIAJERO DEL SIGLO

 

Alfaguara
Madrid-México DF-Buenos Aires-Bogotá-Quito, 2009
Audiolibro, 2017

 

1


¿Tie-ne frí-o-o?, gritó el cochero con la voz entrecortada por los saltos del carruaje. ¡Voy bie-e-en, gra-cias!, contestó Hans tiritando.

Los faroles se desenfocaban al ritmo del galope. Las ruedas escupían barro. A punto de partirse, los ejes se torcían en cada bache. Los caballos inflaban las mandíbulas y soltaban nubes por la boca. Sobre la línea del horizonte rodaba una luna opaca.

Hacía rato que Wandernburgo se dibujaba a lo lejos, al sur del camino. Pero, pensó Hans, como suele pasar al final de una jornada agotadora, aquella pequeña ciudad parecía desplazarse con ellos. Encima de la cabina el cielo pesaba. Con cada latigazo del cochero el frío se envalentonaba y oprimía el contorno de las cosas. ¿Fal-ta-a mu-cho?, preguntó Hans asomando la cabeza por la ventanilla. Tuvo que repetir dos veces la pregunta para que el cochero saliera de su ruidosa atención y, señalando con la fusta, exclamase: ¡Ya-a lo ve us-te-e-ed! Hans no supo si eso significaba que faltaban pocos minutos o que nunca se sabía. Como era el último pasajero y no tenía con quién hablar, cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, vio una muralla de piedra y una puerta abovedada. A medida que se acercaban Hans percibió algo anómalo en la robustez de la muralla, una especie de advertencia sobre la dificultad de salir, más que de entrar. A la luz ahogada de las farolas divisó las siluetas de los primeros edificios, las escamas de unos tejados, torres afiladas, ornamentos como vértebras. Tuvo la sensación de ingresar en un lugar recién desalojado, de que los golpes de los cascos y las sacudidas de las ruedas sobre los adoquines producían demasiado eco. Todo estaba tan quieto que parecía que alguien los espiaba conteniendo la respiración. El carruaje giró en una esquina, el sonido del galope se ensordeció: ahora el suelo era de tierra. Atravesaron la calle del Caldero Viejo. Hans divisó un letrero de hierro balanceándose. Le indicó al cochero que parase.

El cochero descendió del pescante y al pisar tierra pareció desconcertado. Dio dos o tres pasos, se miró los pies, sonrió con extravío. Acarició el lomo del primer caballo, le susurró unas palabras de gratitud a las que el animal replicó resoplando. Hans lo ayudó a desatar las cuerdas de la baca, a retirar la lona mojada, a bajar su maleta y un gran arcón con manijas. ¿Qué lleva aquí, un muerto?, se quejó el cochero dejando caer el arcón y frotándose las manos. Un muerto no, sonrió Hans, unos cuantos. (…)

Fue al quedarse solo con su equipaje frente a la posada cuando notó aguijones en la espalda, un vaivén en los músculos, un zumbido en las sienes. Conservaba la sensación del traqueteo, las luces seguían pareciendo parpadeantes, las piedras movedizas. Hans se frotó los ojos. Las ventanas empañadas no dejaban ver el interior de la posada. Llamó a la puerta, de la que aún colgaba una corona navideña. Nadie acudió. Probó el picaporte helado. La puerta cedió a empujones. Divisó un pasillo alumbrado con candiles de aceite que pendían de un garfio. Sintió el beneficio cálido del interior. Al fondo del pasillo se oía un alborotar de chispas. Hans arrastró con esfuerzo la maleta y el arcón dentro de la posada. Permaneció debajo de un candil, intentando recobrar la temperatura. Se sobresaltó al reparar en el señor Zeit, que lo miraba tras el mostrador de la recepción. Iba a ir a abrirle, dijo. El posadero se movió con extrema lentitud, como si se hubiera quedado atrapado entre el mostrador y la pared. Tenía una barriga en forma de tambor. Olía a tela viciada. ¿De dónde viene usted?, preguntó. Ahora vengo de Berlín, dijo Hans, aunque eso en realidad no importa. A mí sí me importa, caballero, lo interrumpió el señor Zeit sin sospechar que Hans se refería a otra cosa, ¿y cuántas noches piensa quedarse? Supongo que una, dijo Hans, no estoy seguro. Cuando lo sepa, contestó el posadero, por favor comuníquemelo, necesitamos saber qué habitaciones van a estar disponibles.

El señor Zeit buscó un candelabro. Condujo a Hans a través del pasillo, después por unas escaleras. Hans miraba su figura oronda escalando cada peldaño. Temió que se le viniera encima. Toda la posada olía a aceite quemándose, al azufre de las mechas, a jabón y sudor mezclados. Pasaron la primera planta y siguieron subiendo. A Hans le extrañó observar que las habitaciones parecían desocupadas. Al llegar a la segunda planta, el posadero se detuvo frente a una puerta con un número siete escrito en tiza. Recuperando el aliento, aclaró con orgullo: La siete es la mejor. Sacó de un bolsillo un aro, un aro sufrido, cargado de llaves, y tras varios intentos y maldiciones en voz baja, entraron en la habitación.

Candelabro en mano, el posadero fue haciendo un surco en la oscuridad hasta llegar a la ventana. Al abrir los postigos, la ventana emitió un acorde de maderas y polvo. La luz de la calle era tan débil que, más que alumbrar la habitación, se sumó a la penumbra como un gas. (…)

Boca arriba en el catre, Hans tanteó la aspereza de las sábanas con la punta de los pies. Al entornar los párpados, le pareció escuchar rasguños bajo las tablas del suelo. Mientras el sopor lo envolvía y todo dejaba de importarle, se dijo: Mañana junto mis cosas y me voy a otro sitio. Si se hubiera acercado al techo con una vela, habría descubierto las grandes telarañas de las vigas. Entre las telarañas un insecto asistió al sueño de Hans, hilo por hilo.






2


(…) La falda de Sophie Gottlieb susurraba por el pasillo. El sonido cosquilloso de esa falda le provocó a Hans cierta ansiedad. Al cabo de unos segundos, la silueta de Sophie pasó de las sombras del pasillo a la luz de la sala. Hija, anunció el señor Gottlieb, te presento al señor Hans, que está de visita en la ciudad. Estimado Herr Hans, le presento a Sophie, mi hija. Sophie lo saludó arqueando una ceja. A Hans lo asaltó una intensa necesidad de alabarla o de salir corriendo. Sin saber qué decir, observó con torpeza: No imaginé que fuera usted tan joven, señorita Gottlieb. Estimado señor, contestó ella con indiferencia, estaremos de acuerdo en que esa es una virtud más bien involuntaria. Hans se sintió profundamente estúpido y volvió a tomar asiento.

Hans había perdido el tono, extraviado la sintaxis. Intentó reponerse. La respuesta entre cortés e irónica de Sophie a otro comentario suyo, uno de esos comentarios inoportunos que los hombres formulan para ganarse demasiado rápido la simpatía de su interlocutora, lo obligó a afinar su estrategia. Por fortuna Elsa, la doncella de Sophie, se acercó a servir el té. Hans, el señor Gottlieb y su hija inauguraron la ronda de generalidades de rigor. Sophie no intervenía demasiado en la conversación pero, de algún modo, Hans tenía la sensación de que ella marcaba su ritmo. Además de la perspicacia de sus acotaciones, a Hans lo impresionó la manera de hablar de Sophie, como eligiendo cada palabra, entonando bien las frases, casi a punto de cantarlas. Al escucharla, él se balanceaba del tono al sentido y del sentido al tono, procurando no perder el equilibrio. En varias ocasiones trató de formular alguna observación que la desconcertara, pero no pareció hacer mella en la serena distancia de Sophie Gottlieb, que pese a todo se fijó en el cabello largo de Hans, en cómo se despejaba la frente mientras hablaba.

Tomando el té, Hans tuvo otro sobresalto: las manos de Sophie. No el aspecto de sus manos, que eran insólitamente alargadas, sino su modo de tocar los objetos, de palpar cada forma, de interrogarla con las yemas. Al rozar cualquier cosa, la taza, el costado de la mesa, algún pliegue del vestido, las manos de Sophie parecían medir su relevancia, leer cada objeto que tomaban. Siguiendo el veloz sigilo de esas manos, Hans creyó entender mejor la actitud de Sophie y supuso que esa aparente lejanía era en realidad una intensa desconfianza que todo lo examinaba. Hans experimentó cierto alivio ante esta conjetura y pasó a una disimulada ofensiva. Como el señor Gottlieb continuaba interesado en sus palabras, Hans comprendió que la manera más eficaz de hablarle a Sophie sería hacerlo a través de las respuestas que le dirigía a su padre. Entonces dejó de intentar impresionarla, se encargó de hacerle ver que ya no la observaba, y se concentró en mostrarse todo lo espontáneo y ocurrente que pudo con su padre, que hacía oscilar el bigote en señal de aprobación. Este cambio de enfoque pareció dar algún resultado, porque Sophie le hizo una señal a Elsa para que descorriera por completo las cortinas. La luz cambió de acorde, y Hans tuvo la sensación de que el último resplandor de la tarde le daba una oportunidad. Sophie acarició pensativa su taza de té. Desenlazó el dedo índice del asa. La apoyó delicadamente sobre el plato. Y tomó un abanico que había sobre la mesa. Mientras hacía reír al señor Gottlieb, Hans oyó que el abanico de Sophie se desplegaba como una baraja que empezaba a mezclar la suerte.

El abanico se extendía, hacía péndulos. Se contraía, se refregaba. Ondulaba un momento, se detenía de pronto. Daba pequeños giros que dejaban ver la boca de Sophie, la ocultaban de inmediato. Hans no tardó en percatarse de que, aunque ahora Sophie guardase silencio, su abanico reaccionaba ante cada una de sus frases. Procurando mantener la coherencia en el diálogo con el señor Gottlieb, el nivel más profundo de su atención se aplicó a traducir de reojo los gestos del abanico. Mientras se prolongaron las vaguedades y los rodeos característicos de una primera visita, Sophie no abandonó su aleteo displicente. Superados los preámbulos, el señor Gottlieb quiso llevar la conversación a un terreno que Sophie calificó para sus adentros de banalmente viril: ese intercambio no muy sutil de méritos y supuestas hazañas con que dos hombres desconocidos empiezan a intimar. Sophie esperaba que Hans, si era tan ingenioso como él parecía considerarse, lograse desviar cuanto antes aquella previsible charla. Pero su padre estaba lanzado, y ella veía cómo aquel joven invitado no hallaba el modo de rectificar la trayectoria sin resultar descortés. Sophie se cambió de mano el abanico. Alarmado, Hans redobló sus esfuerzos pero sólo consiguió que el señor Gottlieb se entusiasmara más creyendo que el asunto que trataban era de gran interés para ambos. Sophie inició un lento repliegue del abanico, pareció abandonar la escucha, extravió la mirada en los ventanales. Hans comprendió que el tiempo se le agotaba y, en una maniobra desesperada, tendió un súbito puente entre el tema en el que tanto insistía el señor Gottlieb y otra cuestión que nada tenía que ver con él. El señor Gottlieb se mostró desconcertado, como si le hubieran retirado el suelo en el que patinaba. Hans se lanzó sobre sus dudas y cubrió de argumentos aquella inesperada asociación hasta tranquilizarlo, yendo y viniendo del asunto anterior al nuevo como una pelota que va perdiendo altura, alejándose progresivamente del primer asunto hasta quedar instalado en el segundo tema, mucho más afín a los probables intereses de Sophie. La tela detuvo su repliegue, el abanico quedó a medio cerrar, el cuello de Sophie se ladeó hacia la mesa. Los diálogos siguientes fueron acompañados por unas plácidas ondulaciones del abanico, que en su fricción regular daban la grata sensación de estar yendo en la dirección correcta. En un arranque de euforia Hans interpeló a Sophie con oportuna gracia, incitándola a abandonar su posición de espectadora para sumarse al animado debate que mantenía con su padre. Sophie no quiso concederle tanto terreno, pero el borde del abanico bajó varios centímetros. Envalentonado por estas victorias parciales, Hans se aventuró demasiado y soltó una impertinencia: el cierre brusco del abanico dibujó en el aire una rotunda negativa. Hans retrocedió, matizando su comentario con ejemplar cinismo hasta hacerlo significar prácticamente lo contrario, sin que su fisonomía registrase la menor alteración. Sophie apoyó las varillas sobre los labios, con cierto recelo y evidente interés. Esta vez Hans esperó, escuchó al señor Gottlieb con paciencia y eligió el momento indicado para hilvanar dos o tres aciertos que obligaron a Sophie a alzar el abanico con precipitación para ocultar un rubor de complicidad. Entonces el aleteo aceleró su frecuencia, y Hans supo que ese abanico estaba de su parte. Disfrutando de cierta deliciosa temeridad, se permitió adentrarse por una vertiente incómoda que podría haber desembocado en la vulgaridad (el abanicado se interrumpió, y la respiración de Sophie, y hasta su parpadeo) de no ser porque Hans hizo enseguida una pirueta coloquial y aligeró con ironía lo que había parecido arrogante. Cuando Sophie se llevó una larga, concesiva mano a la mejilla para ordenarse un bucle que ya estaba en perfecto orden, Hans suspiró hacia dentro y sintió una dulzura en los músculos.

Finalizada la travesía del abanico, que acaso durase unos minutos pero que a Hans se le hizo larguísima, Sophie se sumó al diálogo con aparente normalidad volviendo a sus concisas, agudas incursiones. El señor Gottlieb quiso integrarla y los tres acabaron riendo de buena gana. Después del segundo té, antes de levantarse de la mesita baja, Sophie miró un instante a Hans acariciando las varillas con la punta del dedo índice.

Sólo al iniciarse las despedidas formales, los movimientos de Sophie se disiparon ante la vista de Hans como absorbidos por un remolino y el sonido de la casa pareció regresar a sus oídos. Hans se estremeció, temiendo haber estado demasiado ausente o haber parecido poco atento a las palabras del señor Gottlieb. Pero su anfitrión se mostraba encantado, lo acompañó hasta la puerta sin llamar a Bertold y no hacía más que repetirle que su visita había sido un placer: Herr Hans, un verdadero placer, una tarde agradabilísima, ¿de veras?, me alegra que le gustara tanto el té, nos lo traen directamente de la India, ahí está el secreto, ha sido un gusto, amigo, créame, no deje de pasar a despedirse si se marcha pronto, por supuesto, buenas tardes, muchas gracias, es usted muy amable, lo mismo digo.

Al entrar en contacto con el aire de la calle, Hans echó a andar sin saber adónde dirigirse, sintiéndose muy mal, muy bien.

En la sala de estar de la casa, Elsa había empezado a encender las bujías, Bertold se ocupaba de la chimenea. Fumándose la pipa y el bigote, el señor Gottlieb miraba por los ventanales pensativo. Un muchacho simpático, opinó. Bah, murmuró Sophie apretando fuerte el abanico.






3


(…) Más que acariciar, las manos largas de Sophie leían. Sophie notó que Hans se esforzaba en no ser brusco y sintió ternura: a ella no le hacía ninguna falta esa delicadeza. Él la encontró más blanda de lo que había imaginado. Percibió cómo ella se le anticipaba, cómo sus reacciones no eran cándidas ni juveniles. A Sophie le pareció que, sin ser fuerte, él era tenso. Que sus contornos suaves recubrían una lejana musculatura. Empezaron a desvestirse con absoluta torpeza, como pasa cuando no se finge. Se levantó el aroma no necesariamente limpio de las pieles. El deseo se abrió en forma de válvula.

Hans se había sentado en un borde del catre. Sophie lo contemplaba de pie, con las manos distraídas tras la espalda, mientras desprendía los últimos enredos. Así, esperándola con los hombros vencidos y la columna encorvada, se le entrometían unas ondas no muy admirables en el vientre. A ella se le apreciaba cierta flacidez cóncava en la cara interior de los muslos. Los dedos de los pies de Hans eran algo rechonchos. Los codos de Sophie eran ásperos. Del ombligo de Hans nacían unos vellos un poco intempestivos. El escote de Sophie fue exponiendo, al aflojarse, unos pechos ligeramente caídos, algunas venas que parecían irradiadas por los pezones, unas finas estrías encima de las aureolas.

Y cada imperfección que se descubrían los volvía más posibles, más deseables el uno para el otro.

(…)

Hans pudo ver su cuerpo entero después de tantas paciencias, tantos desvíos. Y le ocurrió algo extraño. En vez de ser capaz, como cien noches había imaginado, de detenerse en cada pliegue, de atender lentamente a ese cuerpo hasta sentir que lo comprendía y lo asimilaba, Hans se cegó por exceso de visión. De tantas ansias con que estaba mirándola, por más que desplazaba la mirada a lo largo de esa piel no conseguía más que confundirse, llenarse de formas los ojos. Pensó que acababa de descubrir que los ojos también tienen apetito. Y que, si su voracidad es demasiada, sus facultades se nublan. Así se le nublaban a él los ojos corriendo de los pies a los hombros, de la cadera al pecho, de la sonrisa al pubis, sin terminar de reunir las imágenes en una sola, de encontrar el conjunto. Como un léxico sin sintaxis, como cuando los niños se enfrentan al latín, como cuando se pasa de un cuadro a otro cuadro y una embriaguez de colores se acumula en el reverso de los párpados. Hans miraba la figura de Sophie y no sabía qué entender. Su vista balbuceaba y parpadeaban sus labios, se le nublaba la boca y se le hacían agua los ojos. Así que optó por apretar todo aquello que no lograba contemplar. Se acercó, se aferró a ella y sintió que sus sentidos se reconciliaban, que en el lugar del enigma se imponía el acto. Ahora, sin distancia, conseguía aprehender la presencia imaginada y posible de Sophie, que tiritaba sin miedo y suspiraba sin romanticismo.

¿Qué vio Sophie de él? Nada, todo. Se fijó sin buscar. Hizo un centro de cualquier detalle. Le leyó los costados para acentuar la evidencia. Y se concentró en olerlo, absorberlo, pasar del otro lado. No pretendió al principio, como Hans, sumar las partes: se abandonó a la certeza de que él estaba ahí sin divisiones, se dejó envolver por la sensación de estar poseyéndolo y, por tanto, de estar dándose. Asumió de golpe, circularmente, la magnitud de Hans. Y también lo tocó, por supuesto, parte por parte. Pero cada una de ellas era un todo en sí mismo, un lugar de llegada. Lo tuvo y lo soltó y lo rehízo como se aprende a hablar, como se estrena un mapa, como cuando la luz se instala en un espacio. Fue parecido a dejarse caer. A aceptar extraviarse y averiguar que ese lugar, ese pozo, ese camino le eran conocidos. Así que Sophie no miró a Hans: lo recordó. Y al abordarlo y dejarse abordar, supo que cerrando los ojos lo vería siempre.

(…)

Antes de vestirse volvieron a mirarse. Y por fin Sophie dijo: Me gusta tu rodilla. Y se agachó a lamerla. Hans sintió que el pudor le subía por las piernas y al llegar a la cabeza se transformaba en alegría. De pronto se fijó en un muslo de Sophie. En un punto del muslo donde había una mancha alargada como un trazo de lápiz. Y a mí, contestó él, me gusta tu mancha. Odio esa mancha, dijo ella cubriéndose la pierna. Pero él insistió: Esa mancha te mejora, menos mal que la tienes.