SINOPSIS

Alguien huye cargado de belleza y temores. Una voz atraviesa el bosque petrificado de una ciudad cualquiera, hasta hallar su propio encierro. La canción del antílope propone una turbadora metamorfosis, un -como quiso Rimbaud- desarreglo ordenado de los sentidos. El libro comienza en una máscara, en la identificación con una criatura amenazada que se niega a extinguirse; desarrolla un itinerario deslumbrado y doloroso que va desde lo exterior a lo íntimo; y concluye en una breve canción. Cifra múltiple del miedo, la huida o la cacería del deseo, este misterioso antílope canta las revelaciones de quien ha aprendido que «solamente las cosas, los objetos pequeños de la casa,/ su absorbida belleza, el pulso que transmiten,/ su acaso extravagante sencillez,/ te gobiernan y son cuanto conoces».

CUATRO POEMAS DE LA CANCIÓN DEL ANTÍLOPE

 

Pre-Textos
Valencia, 2003

 

Se abre la veda, antílope. Un camastro baldío tu horizonte.
Irás muy pronto en busca de instrumentos
con que golpear el roto tambor de las preguntas
sin respuesta. Entre los automóviles
intentas protegerte de este viento filoso
que hace temblar, girar el arañado plato de la luna.
Han abierto la veda, la catedral castiga las campanas.
Sus ecos permanecen en las mentes
de quienes se han perdido entre las luces
de una ciudad que brilla como un sanatorio de emergencias.


*


La leve guillotina de un minuto que cae
recorta una fracción de luz enrojecida.
No habrá noche. Tampoco aves oscuras.
Será siempre esta hora paciente, indefinida.
Sólo las cosas, los objetos pequeños de la casa,
su absorbida belleza, el pulso que transmiten,
su acaso extravagante sencillez,
te gobiernan y son cuanto tú sabes.
Te aplicas a olvidar y lo consigues.
No escucharás el sueño que perfore tu sien
como una avispa.


*


El talante del día, tan ocioso, invita más a estar
que a ser. El viento lleva hojas, quisiera barajarlas,
a algunas las aquieta, a otras las escoge
para un vuelo fugaz hasta el cristal de una puerta cerrada.
El silencio desmiente el movimiento.
Dormirías tal vez, si no fuera cansado
dejar de abrir los ojos para que se te colmen...
Algo hay de oro gastado en cualquier día
y en toda paz, otoño: el tiempo es la belleza resistiendo,
a punto de marcharse, en fuga ya.
Un hilo iluminado transita por tu acera.
Se van de ti las hojas, oscurece.


*


Te pesan las costillas y la nuca
y te pesan las horas, el aire trepa y cae por dentro de tu pecho,
se crece en espiral, tu mano imprime surcos en la piel arenosa...
No te estás extinguiendo, estás tan vivo
que has comprendido el hueco de la pérdida.

Igual que un casco
volcado por el gesto de un soldado al que asombra
la música de sangre de su propia metralla,
así pierdes el odio y queda a tus espaldas, entre el fango.
Tus costillas, antílope, esconden un reloj:
te preguntas quién pudo darle cuerda.