SINOPSIS

Demetrio Rota, basurero en un barrio de Buenos Aires, duerme durante el día y arma rompecabezas. Sus únicos amigos parecen ser su compañero de camión y un vendedor de diarios que no cree en la prensa. Salvo alguna aventura sexual, su vida se dirige hacia el agotamiento. Mientras tanto, encaja y revisa su luminosa memoria patagónica a través de los paisajes que va reconstruyendo pieza a pieza.

Con un lenguaje tan fascinado por el lirismo como por la basura, la narración fluctúa entre el asombro de las iniciaciones y un presente escéptico, la idealización del campo y la asfixia de la ciudad, el origen y el desarraigo, hasta fundirlo todo en un mismo plano. Nacido en Argentina y criado en España, Neuman construye una ficción alucinada y nocturna de su ciudad natal, y experimenta con un castellano de dos orillas: una para la voz narradora, otra para los personajes. E incluso una tercera, imaginaria, para la naturaleza.

Con esta nueva edición de Bariloche, especialmente revisada, Alfaguara recupera aquella primera novela que, tras obtener el unánime reconocimiento de la crítica, se convertiría en libro de culto y situaría a su autor entre los jóvenes escritores más destacados del idioma. Como escribió Roberto Bolaño, «ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos, la que osa adentrarse en la oscuridad con los ojos abiertos».

TRES CAPÍTULOS DE BARILOCHE

 

Alfaguara (ed. revisada)
Madrid, 2015
Buenos Aires, 2016
Anagrama (1ª ed)
Barcelona, 1999

 

I

Eran las cuatro en punto cuando Demetrio Rota iluminó débilmente la noche con su traje fluorescente. Casi sin pensarlo, dejó caer un escupitajo entre los barrotes de una al¬cantarilla. Se complació en acertar. La bocanada húmeda del Río de la Plata llegaba desde el puerto, remontaba Independencia y se iba atenuando hasta llegar a la 9 de Julio; a partir de ahí, el aliento invernal de Buenos Aires campaba a sus ¬anchas: espeso, continuado, corrosivo. El frío era lo de menos.

Junto al camión, que despedía un hedor cálido a motor y residuos, a cáscaras de naranja, yerba mate usada y combustible, Demetrio Rota y su compañero tiritaban con esquimal indiferencia. Tirame esas bolsas, tirámelas, le gritó el Negro. Demetrio no escuchaba. Miraba la alcantarilla y se estaba quieto y con los hombros encogidos como si se hubiera olvidado de bajarlos. Pero dale, vamo, qué hacés ahí. Ahora Demetrio sí lo había escuchado, pero permanecía aún inmóvil, con las bolsas a sus pies igual que un ejército de sucias mascotas. Mirá que son y cinco eh, después nos jodemos los dos Demetrio. Entonces él suspiró y se agachó para lanzarle la primera bolsa al Negro. La alcantarilla insinuaba un lejano discurrir al fondo.



V

A las ocho menos cuarto abrió los ojos y se topó con la oscuridad. Se incorporó con los músculos doloridos. Exhaló varias veces, se calzó unas zapatillas, se arrastró hasta la cocina. Calentó café y se sirvió una generosa taza. Sin probarlo, se acercó a la ventana para ver pasar los coches. Las luces de los negocios relucían como boyas delimitando un naufragio. Los transeúntes caminaban con pasos de regreso.

Sorbió el café con lentitud, sintiendo su recorrido. Quiso imaginar un efecto benévolo. Obtuvo algo de satisfacción. Dejó la taza en el fregadero y se sentó frente a la mesa de la sala, mientras tomaba entre las manos la caja rectangular.

Detrás de la cabaña, varios pinos saludaban con sus delgados brazos. La vertical paciencia de los troncos, los tablones paralelos, la ondulación del lago y los senderos mantenían un diálogo de absorta geometría. Los haces luminosos repartían con equidad las sombras.

Demetrio contempló el hueco del vértice superior izquierdo: parecía un mordisco de Dios. Metió la mano en la caja y desparramó un puñado de piezas sobre la mesa. Con los dedos medio, índice y pulgar se presionó los ojos y los fue soltando, sin abrirlos. Aún podía ver la cabaña, los senderos confundidos con el lago, fragmentos encendidos tras los párpados. Volvió a mirar el paisaje. Escogió al azar una pieza, calibró su color y aventuró el lugar: encajaba. Bien, bien. No faltaba demasiado. Probó con otra, sin suerte. Se levantó y se acercó a la ventana. No vio a nadie por la calle. Era raro vivir en Chacarita. Ahí la noche se hacía notar con todo su peso, con su extraño silencio después de un día entero de idas y venidas y autobuses y murmullos y tiendas abiertas y vendedores de garrapiñada en las esquinas, tan distinto de como habían sido las cosas antes. Alguna vez, hacía mucho, había vivido en Lanús, donde los vecinos eran cómplices o al menos enemigos, donde cada perro podía ser identificado y donde las calles eran un pretexto para que los niños se desparramaran. En Lanús casi nadie tenía dinero para pintar su casa o irse a la playa en verano –qué linda la playa– ni para comprarse la ropa con que se conquistaba el mundo. Antes de antes, él había estado más lejos, mucho más lejos de la capital y sus turbulencias: allí donde las cosas crecían con júbilo y envejecían con calma. A Demetrio le había tocado el júbilo. Aprender a nadar en el Nahuel Huapi, aprender a no congelarse en el Nahuel Huapi y conocer el silencio del Nahuel Huapi, ir a una escuelita de ladrillos cerca de Llao Llao, jugar a la pelota en cualquier parte. Allí los arrayanes eran únicos y el chocolate sabía, remotamente, a la Europa de la nieve.

Despegó la vista de la calle y contempló de pie el paisaje de la cabaña. Sacudió la cabeza. Al estirarse sintió un cosquilleo reconfortante y una repentina lucidez, como si de pronto le hubiesen cambiado las horas. Volvió a la mesa: en el cielo seguía faltando la parte más importante.



XIX

Clavó sus ojos en el Negro mientras terminaban de ponerse el uniforme. Soplaba un aire que agredía a ráfagas. Los desperdicios parecían fermentar por la noche, y el hedor hacía estremecerse incluso a los más habituados. Demetrio observaba los movimientos de su compañero, que tenía dificultades con la cremallera. Demetrio lo ayudó y le dijo que tenían que apurarse. El Negro asintió con brusquedad. Se subieron al camión y arrancaron.

Sabés qué pasa, yo a mi jermu la veo escarmentada, hasta está diferente, mirá lo que te digo, yo la tengo bien junada y es así, la verdá es que se la bancó, le armé todo el quilombo que quise, le grité una semana entera y ella bien piola, ahí sentadita escuchando nomás. Ya sé que al principio te dije que me iba a ir y que la iba a cagar a palos, pero qué querés Demetrio, uno perdona para que lo perdonen, además ella tiene razón, cómo voy a hacerles esa macana a los pibes que todavía están creciendo, y encima con la casa de tantos años, yo qué me voy, ¿a otra casa me voy?, ni en pedo. Ella agarró y cogió con el primer boludo que encontró porque andaba triste y se sentía sola ¿no?, y entonces bueno, ¡en mi propia casa, eso es lo que más me revienta!, pero yo no soy ningún pelandrún y me di cuenta al toque porque la vi cambiando las sábanas justo después de cambiarlas ayer, ¡a papá lo vas a engrupir!, o te creés que soy un qué. Y ahí nomás se acabó la cosa mentendés, le canté las cuarenta y si vos la hubieras visto Demetrio te juro que no la reconocías, toda llena de vergüenza arrodillada diciéndome que me quería y que total por un error no le iba castigar tantos años de fidelidá, ¿no? Ahora cocina bárbaro como al principio y me espera siempre con ganas de llevarme para el cuarto. Demetrio asintió y le dijo hacés muy bien Negro, poniéndole una mano sobre el hombro.

La calle Defensa se perdía en su estrechez de corredor. En la esquina con México, de pronto, un ruido extraño hizo que Demetrio palpase con atención la bolsa. Se quitó los guantes, deshizo el nudo y encontró al fondo unas piezas de porcelana. Era un pequeño plato de postre quebrado en tres pedazos. Un plato de casa vieja donde sirven el té. Demetrio se agachó, posó en el suelo los fragmentos y los colocó cerca: descubrió que al conjunto le faltaba un triángulo. Buscó con impaciencia en la bolsa y no vio nada. Entonces unió como pudo los trozos, volvió a anudar la bolsa y se subió al camión, dejando el plato de porcelana ahí, servido al frío solitario de la calle Defensa.