SINOPSIS

«La memoria es la mía, aunque no me pertenece sólo a mí. Su miedo es el de siempre: desaparecer antes de haber hablado.»

Cierto día, el narrador recibe una inesperada carta de su abuela, iniciando una aventura literaria que lo convertirá en testigo de todo aquello que no ha visto.

Una vez Argentina cuenta la vida de una gente llegada de todas partes y de una tierra cuya cultura migrante se parece a la del mundo. Su ambicioso proyecto consiste en narrar el siglo veinte a través de una saga familiar, y narrar una familia a través de un siglo de historia. Esta novela plantea también un fascinante experimento con la autobiografía: su primera persona, al incluir unas memorias prenatales, da una vuelta de tuerca al género de autoficción. Mediante un voraz mecanismo asociativo que funde presente y pasado, experiencia propia y ajena, Neuman recorre una genealogía poblada de personajes inolvidables, ofreciéndonos el relato de la construcción de un país, su infancia argentina y su iniciación como escritor.

Plena de recursos, la prosa despliega un idioma mestizo, de doble orilla, que empatiza con las distintas edades del texto. Combinando humor y elegía, Una vez Argentina es un relato de aprendizaje, una novela política y un poema de amor a los ausentes. Profundamente reescrita y ampliada con nuevos descubrimientos, investigaciones y episodios, hoy celebramos esta nueva edición de una de las obras fundamentales del autor.

DOS CAPÍTULOS DE UNA VEZ ARGENTINA

 

Alfaguara (ed. ampliada)
Madrid, 2014
Buenos Aires-México DF-Bogotá, 2015
Anagrama (1ª ed.)
Barcelona, 2003

 

2

Cuando nací, mis ojos estaban muy abiertos y, por desconocimiento del protocolo, no tuve a bien llorar. El médico me examinó al trasluz como si se tratara de una gruesa hoja de papel. Yo le respondí con otra mirada, supongo que curiosa. El médico dudaba entre zarandearme o desentenderse del asunto. Le preguntó a mi madre cuál iba a ser mi nombre. Andrés, contestó ella, ¿algún problema, doctor Riquelme? No sé, dijo él, estudiándome con cierto espanto, este bebé no llora, sólo mira. ¿Y eso es grave, doctor? Más o menos, señora; digamos que, si el nene se acostumbra a mirar tanto, entonces va a tener que aprender a llorar.

Era un mediodía de enero de 1977. El doctor Riquelme me encontraba demasiado sereno, teniendo en cuenta las circunstancias. Como no estaba dispuesto a emplear la violencia, empezó a hablarme en un susurro comprensivo: Andrés, Andresito, ¿por qué no llorás, eh? Un poquito, digo. Nada más un poquito. Llorá, dale. Mi madre nos observaba conmovida: aquella fue, sin duda, mi primera conversación de hombre a hombre.

Señora, anunció el médico, este bebé tiene que llorar ya mismo, ¿entiende?, es una cuestión de pulmones. ¿Y qué hacemos?, se preocupó mi madre. El doctor Riquelme le hizo un gesto a la partera y me alzó a la altura de su frente, encarándose conmigo. Se encontró con dos ojos redondos y despistados. Yo seguía obstinado en guardar silencio. Entonces el doctor Riquelme no tuvo más remedio que gritarme: ¡Pero llorá de una vez, carajo, la reputa madre que te parió! Al instante, las lágrimas empezaron a inundar mis ojos de gato miope.

Al otro lado de la camilla, junto a las piernas abiertas de mi madre, la partera opinó:

—Es así, nomás. Este chico va a ser hijo del rigor.




6

OBISPO DE BOURGES: Le exijo que se retracte ahora mismo. Arrodíllese y pida perdón.

RENÉ EL ESCULTOR: Si no me arrodillo ante Dios, padre, mucho menos voy a arrodillarme ante un hombre como usted.

Así resume Blanca el destierro de mi tatarabuelo René, que debió abandonar Francia y emigró a Caucete, entre las montañas de la provincia de San Juan. Me temo, sin embargo, que tan grandiosa réplica tiene más de frase célebre que de anécdota verídica. De hecho, esta disputa entre el obispo y mi tatarabuelo creo haberla leído en otros tres o cuatro libros de muy distinta procedencia. Lo único seguro es que René esculpía por encargo de las autoridades, que no era el artista favorito del clero y que salió precipitadamente de la ciudad junto con su familia.

El joven matrimonio sabía que su vida comenzaría de cero, pero jamás imaginó hasta qué punto. Algún vecino fanático de Bourges habrá conjeturado, incluso, que terminó padeciendo la cólera divina. Durante una tortuosa travesía por el Atlántico, dos de sus tres hijos cayeron mortalmente enfermos. La única superviviente de aquel viaje fue la pequeña Juliette, madre de mi abuela Blanca. Al llegar por fin frente a la cordillera de los Andes, poco después de instalarse en Caucete, un terremoto arrasó con sus escasas posesiones. Intentando salvar algo de la catástrofe, mi tatarabuelo René sufrió una fuerte hernia, dolencia que desde entonces le impediría ejercer con normalidad su oficio. Desposeído y aterrado, el matrimonio decidió trasladarse a Buenos Aires. Allá verían nacer a sus otros tres hijos, los hijos de la tierra nueva.

La esposa de René se llamaba Louise Blanche y era, por definirla en cuatro palabras, una mujer extremadamente pulcra. Pese a pasar más de media vida en Argentina, no dejó de añorar ni un solo día su tierra; o al menos ese paraíso imaginario que fue construyéndose, sin regresar nunca, bajo un nombre cada vez más lejano. Burshe. Con acento francés. Mi tatarabuela Louise Blanche solía llamar a los niños con un apelativo que mezclaba aprendizajes criollos y raíces forasteras: m’hijit. Confundía de manera contumaz el azúcar con la asucre y hablaba, en definitiva, un perfecto castellano extranjero. Su delicada piel no soportaba las costuras de la ropa, razón por la que, hasta el día mismo de su muerte, lució todas sus prendas del revés. Otro hábito que suscitaba comentarios entre los vecinos era el de no tocar jamás el dinero: igual que una heredera venida a menos, versallescamente, Louise Blanche envolvía los billetes en papeles translúcidos de carta, y así era como los entregaba en la verdulería, vestida del revés y hecha una dame. Según ella, lo que más extrañó siempre de sus jardines natales fue la fragancia de las flores, en especial el aroma de las violetas, imposibles de comparar con los groseros tallos que crecían al sur del mundo.

Sólo en asuntos digestivos soslayaba Louise Blanche las sutilezas. Para ser concisos, digamos que cagaba con verdadera elocuencia. Sus deposiciones resultaban descomunales a ojos de alguien tan sensible a los volúmenes como el escultor René, quien no dejaba de exclamar cada vez que acudía al baño: Ah, chérie! Ne me parle pas de violettes! Mi tatarabuela francesa, en tales bretes, acertaba a componer una sonrisa traviesa y desaparecía tarareando una milonga. Por más que Louise Blanche nunca llegara a sentirse argentina, no puedo dejar de añadir que sus costumbres encajaban muy bien con la idiosincrasia nacional: una suerte de esnobismo trágico unida a cierta inclinación por la escatología.