«Aspiro a ser un curioso empedernido»

 

Ángeles López



Es filólogo y se le nota, aunque pretenda disimularlo. De este residente en tierras de Granada pudiera decirse que es una voz del Renacimiento, soberano de tantas disciplinas como se propone: novelista, poeta, cuentista, antólogo, traductor, ensayista, columnista, guionista de tiras cómicas... La crítica no le ha escatimado elogios y tiene en su haber numerosos premios. Su nueva apuesta literaria dice de su eclecticismo y su intención sincrética: aforismos y ensayos mínimos, reunidos en un volumen donde el autor practica la reflexión descarnada, la acrobacia del verbo y la sinestesia del concepto, en ese cruce de caminos llamado literatura. Así es como Neuman nos habla de 'El equilibrista' y su proceso de escritura.


-Un libro de estas características... ¿supone estar un año con un lápiz tras la oreja, como si fuera un frutero... atento a cualquier brizna de inspiración?

En cierto modo, aunque el oficio del frutero me parece más difícil: se madruga demasiado... En total, El equilibrista me llevó unos cuatro o cinco años de trabajo a ráfagas. Fue la propia naturaleza del libro la que decidió el método. Al principio eran notas dispersas, tanteos. Lo más gozoso fue la libertad con que el material iba acumulándose. Vivía con la libreta en la mano y los ojos expectantes. Escribía en cualquier sitio, sin censuras, sin prejuicios unitarios. Al cabo del tiempo descubrí que aquel material guardaba cierta semejanza. Entonces vino la parte más seria y exhaustiva, el trabajo con conciencia de conjunto, la búsqueda de una estructura ordenada. Finalmente tiré la mitad del material y me dediqué a pulir la mitad restante. Fue una lenta historia de entusiasmo.

-Tengo la íntima sensación de que lo suyo ha sido un homenaje a San Juan de la Cruz, cuando decía aquello de «sin saber nada, pero todo entendiendo».

Ojalá. Ésa es una hermosa forma de entender el libro. Es cierto que muchas veces, al considerar que ya «sabemos» algo, clausuramos la puerta de la curiosidad y eso transforma nuestro saber en ignorancia. En ese sentido, la escritura se presenta como una persistencia en dejar las puertas abiertas.

-Novelista, cuentista, microensayista, aforista (¿aforero?), poeta... ¿Qué es exactamente, amén de habitante del verbo?

Alguien que, desde niño, necesita tocar las palabras. Alguien a quien le va la vida en ellas. Creo en lo que expresa uno de los aforismos del libro, «escribir no es un deseo: es una orden». Una orden íntima que obedezco agradecido. Para mí la escritura es una forma suprema de alegría. Aun cuando trate del dolor, la soledad, el miedo. O sobre todo entonces.

-¿Es de los que piensa en educar al lector o sólo aspira a que éste le devuelva el libro reescrito y mejorado?

Líbreme Jovellanos de educar a nadie. Además de pretencioso, me parecería falso. Creo más en los debates, incluso si hace falta en las provocaciones, que en los discursos ejemplarizantes. Una cosa es que algún lector pueda aprender algo leyéndonos, y otra cosa muy distinta es hacerse el propósito de enseñarle como si fuera un discípulo. Un escritor, como mucho, se autoeduca a base de asombros. En cuanto a mis lectores, no es que yo les exija algo en concreto: es que todo lector inteligente reescribe siempre el libro que lee, enriquece su sentido. El escritor que se pretenda pedagogo de sus lectores, o se tiene en demasiada estima, o subestima a su público.

-¿No le tiembla el pulso ante la «lapidariedad» del aforismo? Hay que estar demasiado seguro de algo, ¿no cree?

Bueno, no nos tomemos tan en serio a los aforistas: digamos que basta con parecer seguro. Son las reglas de juego del aforismo. La contundencia es parte de su encanto y de su misterio. Más vale un aforismo discutible pero lapidario, que uno correcto pero blandito. Ése es el riesgo del género. De ahí su constante equilibrismo.

-«Todas las mujeres son traductoras». ¿Me lo puede explicar?

Es una hipérbole graciosa, pero que alude al hecho (creo que cierto) de que las mujeres tienden a ser más alegóricas que los hombres, o sea a leer entre líneas los detalles y los pequeños gestos para «traducirlos» a su sentido emocional profundo. Y también creo que muchos hombres, que a veces vamos por detrás en ese lenguaje subliminal, admiramos esa sabiduría y tratamos de aprenderla.

-Por cierto, ¿aspira a ser citado?

Desde luego. Preferentemente por la noche y en lugares pocos iluminados.

-¿Por qué tenemos tan poca tradición en el aforismo y el microensayo?

No lo sé, pero me parece preocupante. Cuando uno piensa en Schlegel, Novalis y los pensadores súbitos alemanes; o en Stevens, Pound, Wilde y los irónicos ingleses; o en Pascal, Joubert, La Bruyère y los moralistas franceses, siente que a España le han faltado grandes miniaturistas (valga el oxímoron). Porque las greguerías de Ramón, aun resultando encantadoras, son menores y de poco peso conceptual, más ocurrentes que reflexivas. La brevedad ha sido un vicio inconfesable de nuestros clásicos: Juan Ramón Jiménez tiene algunos aforismos extraordinarios y apenas difundidos. En este sentido, la soledad de Bergamín es casi conmovedora. Por fortuna, hay ciertos autores españoles contemporáneos que cultivan el aforismo: Lorenzo Oliván o Miguel Ángel Arcas, por ejemplo.

-Si los poemas se escriben a mano y la narrativa a ordenador, ¿cómo se escriben, en su opinión, los aforismos?

Caramba, buena pregunta. ¿Con una rama en la arena?

-¿Es conveniente que un escritor disimule su nivel de erudición? Lo digo por no abrumar al lector susceptible.

Más que disimular la erudición, lo sensato para un escritor sería no llegar a creerse nunca un erudito. Yo aspiro a ser más bien un curioso empedernido, un asombrado, un buscador. Siempre me han gustado más los autores que después de estudiar el terreno se despojan de citas, aparato académico y culturalismos evidentes, y se quedan a solas con el hueso, con la idea limpia.

-Microrrelatos, microensayos, brevedades, haikus. ¿No es sospechosa esa fijación suya por lo sintético, y hasta lo sincrético?

«Brevedad, cuán larga eres». «Mirar es una antología». «Acertar o divagar». «Lo fragmentario es más completo»... Disculpe, no tengo remedio. En mi descargo puedo esgrimir alguna que otra novela.


(Publicada en el suplemento cultural Abcd de las Letras, diario Abc, 27 de agosto de 2005)
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