Gente de palabra

 

Álvaro Bermejo


Pregunta: Una vez Argentina comienza con una emigración de Europa a Argentina y concluye con otra emigración, ahora de Argentina a Europa. ¿Qué cuenta en medio?

Respuesta: Cuento las vidas pequeñas y azarosas de mis ancestros, que fueron individuos con dos orillas que participaron, como tantos seres anónimos, de la construcción de la Argentina moderna y de su espíritu errante. Como a muchos no llegué a conocerlos, quise buscarles el ángulo novelesco y convertirlos en personajes para poder cruzarnos en la tierra de la ficción. La novela se emociona conversando con fantasmas: salta de aquel pasado remoto a la historia reciente de mi propia infancia, intentando descubrir paralelos políticos y experiencias íntimas comunes. Podríamos decir que se trata de un mapa sentimental del siglo XX argentino. Un homenaje de amor a los ausentes y una celebración de los que quedan en pie.


P.: Pese a su juventud, ¿qué le ha decidido a atreverse con una saga familiar?

R: Precisamente la sensación angustiosa de que, a causa de mi juventud, si me esperaba a peinar canas y convertirme en un señor respetable, corría el riesgo de que se extinguieran los mejores testigos. Como mucha gente, siempre he tenido la fantasía de dejar testimonio de la historia de mi familia, que para colmo está plagada de peripecias extranjeras y figuras insólitas. Por otra parte, estaba escribiendo una tesis sobre las dictaduras argentinas. Finalmente, estaba intentando escribir un cuento largo sobre mis recuerdos políticos de infancia. Y de pronto caí en la cuenta de que esos tres sueños eran un solo libro.


P.: Qué le ha resultado más difícil contar, ¿la crónica de los años de esplendor, o la decadencia?

R: Tal vez los años de esplendor, porque de niño sólo conocí un país golpeado y de ilusiones fugaces. De todas formas, por desgracia Argentina siempre ha viajado en montaña rusa: los sobresaltos han sido tantos, que los ascensos eran apenas los preámbulos de las caídas. Las democracias desde el año 30 han sido frágiles, las dictaduras militares, contundentes, y la economía, imprevisible. Confío en que el país pueda algún día estabilizarse y gozar de la monotonía.


P.: Y usted, ¿se reconoce como heredero de una tradición, o se ve más bien como la oveja negra de la familia?

R.: Si hubiera sabido cuál era mi tradición, si hubiera estado muy seguro de mi identidad, no habría escrito la novela. Pero, como dudo de mis linajes, decidí preguntármelo en voz alta. Las familias se construyen, no se heredan.


P.: A diferencia de los narradores omniscientes, usted cuenta en fragmentos, mezcla recuerdos y fantasías, se pierde. ¿Qué pretende que encontremos entre sus páginas rotas?

R.: Una voz que se mezcla con otras, una memoria que se acerca a otras memorias y se confude con ellas como si fueran agua. Y emociones, sobre todo emociones. ¡Pero emociones con ganas de pensar, eh! No esos llantitos que dejan la mente en blanco.


P.: Así como sucede en nuestras biografías personales y familiares, ¿la historia sentimental de una nación, puede ser la clave de su identidad? (Ponga ejemplos...)

R.: Puede. Creo que a una nación la forman mucho más las emociones individuales de sus ciudadanos que una bandera izada. Parte de la identidad oscura de Argentina, por ejemplo, está en el silencio, el miedo, la impunidad o la incertidumbre. En la novela se ofrecen versiones íntimas de esas constantes nacionales: la hiperinflación de Alfonsín se cuenta recordando cómo de pronto, al regresar de la compra, ya no me quedaba vuelta que birlar para comprar helados de pomelo. Las manifestaciones en la Plaza de Mayo eran los hombros altos de mi padre y una piedrecita molesta en el zapato. Los desaparecidos son, por ejemplo, una alumna de flauta que deja de tocar abruptamente. A estas alturas, la persecución puede transmitirse mejor con el registro policial de un violín que con un panfleto.


P.: ¿Cuáles son su fantasmas argentinos favoritos?

R.: Para bien o para mal, los más simbólicos son Perón (cuya biografía es perfecta para un espectro: participó de un golpe de Estado, luego sufrió otro, tuvo la máxima influencia mientras estuvo ausente, y sólo regresó para morirse presidente); Evita (que llegó a ser un fantasma en vida, gritando demacrada y delgadísima ante las multitudes, y cuyo cadáver siguió peregrinando); y Maradona (en quien puede verse una alegoría nacional: ausente de la selección en el Mundial de la dictadura; triunfante en el Mundial de la democracia; y caído en desgracia desde el triunfo de Menem).


P.: ¿Qué supone España para usted?

R.: A nivel personal, nada menos que el país del que soy ciudadano, el país en el que terminé de formarme y en el que hago el amor. A nivel político, pues me parece un Estado culturalmente riquísimo que insiste en comerse sus propias entrañas: en lugar de celebrar su extraordinaria pluralidad de tradiciones, lenguas y costumbres, se obstina en discutir quién sobra.


P.: El País Vasco visto desde Granada, ¿es una prolongación de ese territorio a medio camino entre lo irreal y lo delirante, llamado Bariloche?

R: He notado que, en general, la visión que se tiene del País Vasco fuera de él está distorsionada o, cuando menos, es muy parcial. El terrorismo no puede silenciarse ni minimizarse, pero tampoco es justo que se identifique a los vascos con él, ni que se reduzca el significado de Euskadi a la violencia. A mí me gusta escuchar a la gente de aquí, porque te da otro punto de vista, y por cierto no siempre el mismo. Como no soy muy patriota, no me tientan demasiado ni los nacionalismos ni desde luego los centralismos. Lo que sí debería respetarse (siempre que no se vulneren las leyes) es el derecho de cada cual a sentirse de donde le dé la gana.


P.: Usted, por otra parte, ya había quedado finalista del Premio Herralde con anterioridad, así como del Primavera. ¿Aceptaría una plaza vacante como escudero de Don Quijote?

R.: ¡Es que quedar segundo resulta tan elegante! “Pase usted primero”, “Después de usted”, “Adelante, adelante...” Por lo demás, si se convocase una plaza para acompañar a Don Alonso Quijano, opositaría de rodillas. Incluso estaría dispuesto a secundar al Arcipreste de Hita. Y, si me apuran, iría al calabozo junto con San Juan de la Cruz. Eso sí: en cuanto al Cid Campeador, preferiría quedarme en casa.


P.: El fatalismo de Borges, los nietos de Perón, las manos atadas de Kirchner. ¿Quién tiene la culpa de que la banda sonora de su país siga siendo el No llores por mí, Argentina?

R: No sé los demás argentinos, pero uno está harto de la canción de marras y del consabido chiste. Y además refuerza precisamente ese fatalismo político del que nos convendría desprendernos de una vez. A Borges dejémoslo en su biblioteca, que bastante supo darnos desde allí. Sobre Perón, lo considero el origen de buena parte de los malentendidos ideológicos de Argentina. Aunque Menem no llegó ni siquiera a nieto suyo; se quedó en bastardo. En cuanto a Kirchner, de momento no merece que le echemos ninguna culpa. Y, por suerte, parece que una mano la tiene desatada.


P.: Sus bisabuelos sufrieron el antisemitismo de la Europa de principios del siglo XX. A comienzos del XXI, ¿vuelve el miedo al otro, al extraño, al diferente?

R: En parte, por obra de los monstruos autoritarios (los islámicos y los otros, los occidentales, incluso algunos muy votados), me temo que sí. Pero la solución está en lo opuesto: en comprender y aprovechar las diferencias. El ser humano crece más como crisol que como filtro. En mi familia ha habido católicos, ateos y judíos; italianos y polacos, franceses, españoles y lituanos. En cuanto a mis ancestros perseguidos, supongo que hoy sentirían vergüenza y perplejidad al ver cómo un Estado con el que soñaron, como es el de Israel, hoy tiene un líder que mata vecinos y no permite que exista otro Estado. Pero ojo: Arafat no es una víctima, sino otra parte del problema. Él y sus esbirros. Y Sharon y el Imperio. Lo malo es que, mientras tanto, el pueblo paga.


P.: ¿Qué anotó en su diario el 11-M?

R.: Ese día guardé silencio; no era una fecha para acuñar frases célebres. Sólo escuché la radio y miré el cielo por la ventana. Al día siguiente, sí, escuchando a los miembros del Gobierno, pensé: ¿acaso el cinismo nunca se castiga? Por lo visto, a veces sí. Fue al cabo de unos días cuando me atreví a escribir para el periódico un pequeño réquiem por las víctimas. Si existe el descanso eterno, ojalá lo tengan.


P.: La literatura, ¿puede algo contra el Horror?

R: ¿Qué quiere decir “algo”? ¿Devolver un solo gramo de vida, una solo gota de sangre de los inocentes? Entonces la respuesta es por supuesto que no. Pero si se trata de que, una vez golpeados, seamos capaces de ordenar nuestra memoria, articular nuestro dolor y darle algo de sentido a nuestra supervivencia, entonces la respuesta es afortunadamente sí.


P.: ¿Al Andrés Neuman poeta y novelista, le pasó antes por la cabeza escribir un poema para las víctimas, o una novela sobre los asesinos?

R.: Creo que, puestos a escribir algo, tendríamos la responsabilidad moral de contar las dos historias.


P.: El mundo actual, ¿ha dejado de ser un relato coherente?

R: Por completo. Por eso mismo nos hace tanta falta construir nuestros propios relatos a partir de los fragmentos. En ese sentido, me declaro optimista: el arte está muy lejos de perder su función. A mí me da la sensación de que resulta cada vez más necesario. El arte no es tanto una circunstancia, como una respuesta a una circunstancia.


P.: ¿Qué espera del nuevo Gobierno?

R: Como soy un optimista escéptico, sólo le pediré “que no”. Que no hunda la educación pública, que no nos meta en guerras, que no castigue a los inmigrantes, que no especule con la vivienda, que no se incomunique con las distintas Autonomías, que no postergue a la mujer, que no olvide a los jóvenes ni a los pensionistas, que no sea demasiado gregario con EE.UU., que dé facilidades a Latinoamérica. Y que, por favor, no tenga el mal gusto del anterior Gobierno.


P.: ¿Cuál es la última línea que ha subrayado en un libro ajeno?

R.: Un pasaje del Libro del desasosiego, de Pessoa, la semana pasada: “Todo en mí es tendencia para ser a continuación otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como un niño inoportuno”.


P.: La vida, ¿es también un viaje de ida y vuelta?

R: En cuanto a los aprendizajes de nuestro corazón siempre emigrante, puede ser. Aunque mucho me temo (y mira que lo lamento) que de la vida misma no se vuelve.


P.: Así como una novela lleva a la siguiente, ¿qué está escribiendo ahora?

R: Estoy corrigiendo un libro de cuentos, que aún no sé cuándo se publicará, y le dedico muchas noches a un libro de poemas que aún está naciendo. También tengo en la cabeza un par de historias para una novela. Luego, en los ratos libres, voy anotando aforismos y ordenándolos. ¡Socorro!




ME GUSTA... Comer a deshora, trasnochar escribiendo y levantarme tarde.

DETESTO... Naturalmente, madrugar. Cuando me anuncian que mi avión sale a primera hora, me siento muy desgraciado.

ME ENCANTA... El sexo a cámara lenta. Acelerones aparte, ejem.

ABORREZCO... Las discotecas. Desde que era adolescente.

ME PIERDE... El café, el chocolate y el helado de pomelo, que no existe en España.

ME GANA... Que me sonrían sin motivo.

ME PONE... La carne trémula, que diría Almodóvar. ¡Abajo la anorexia y las princesitas mustias!

ME INDISPONE... Que no se cepillen los dientes. O que me metan un gol en el tiempo de descuento.

ME INDIGNA... La mala educación. La prepotencia. La ignorancia con poder. La burocracia. Las desigualdades económicas. El machismo disfrazado de incorrección política.

ME DEJA FRÍO... Yo qué sé, el invierno crudo.

ME CALIENTA... Que me canten al oído.

ME PERTURBA... “Infame turba de nocturnas aves” (Góngora). ¿Vale con eso?

ME ATURDE... El ruido, joder, el ruido. ¿No podrían dejar de gritar tanto?

ME CONFUNDE... Que la gente tenga miedo de sus propios deseos.

ME INFUNDE... Es que “infundir”, lo que se dice infundir...

ME ATERRA... Que las guerras dependan de una élite invisible.

ME ENAMORA... La música de cámara y el jazz. Si Beethoven y Billie Holiday se hubieran conocido, ni él se habría quedado sordo, ni ella habría bebido tanto.

ME REPELE... Ese tufillo, en fin, del autobús repleto.

ME SEDUCE... El entusiasmo. La generosidad.

ME PARECE... Que ya hemos terminado. Menos mal.