Cómo viajar sin ver, dietario de un escritor que realiza una metáfora de su idioma

 

Juan Ángel Juristo



-Cómo viajar sin ver es un libro de anotaciones sobre un viaje, pero con la particularidad de haberlo realizado en una promoción editorial. ¿Por qué se planteó el libro de este modo?

Lo que me preocupa de las promociones, que son inevitables, es la extraña impostura a la que obligan: uno posa todo el día de escritor, pero no puede escribir una línea. Y la gira del Alfaguara dura meses y pasa por 19 países. Para intentar combatir ese síndrome impostor, se me ocurrió ir tomando notas para un libro sobre Latinoamérica, sus contrastes, su política, sus libros, sus culturas. Por mucho trajín que tuviera, sabía que iba a ser una experiencia irrepetible y casi disparatada: recorrer la geografía entera de nuestro idioma durante un mismo año. Además, si no lo hubiera escrito, no habría vivido el viaje. Creo mucho en la acción de escritura. En que nos defendemos de la realidad escribiéndola, y que eso nos permite tratar de entenderla y vivirla realmente.


-Su libro trata de impresiones fugaces, tomadas al vuelo. ¿Sería esta una manera de conocer obligada de nuestro tiempo?
Mi intención era que la forma del viaje y la forma de la escritura coincidiesen, como si una y otra se causasen entre sí. Deseaba que la prosa transmitiese el nerviosismo saltarín de la gira, cuyo itinerario veloz me provocó una sensación fantástica: la de estar en varios sitios a la vez. La de hacer zapping con el espacio. Ese espejismo de simultaneidad es, al fin y al cabo, el de nuestra globalización mediática. Fue muy interesante, y así traté de reflejarlo en el libro, seguir tres acontecimientos a lo largo del continente: la alerta sanitaria por la gripe A, la preparación de los festejos de las independencias, y el golpe de Estado en Honduras. Esas noticias eran y no eran las mismas, se contaban todo el tiempo en todas partes, pero el punto de vista dependía de cada país, cada Gobierno, cada medio de comunicación.


-En unas notas de libro habla de la aparente contradicción que supone hoy día el viaje. En afortunada frase nos tilda de nómadas sedentarios. ¿Qué significa hoy día viajar una vez muerto el concepto de exotismo, tan propio del XIX?

Además de bucear en Latinoamérica, la otra idea era precisamente reflexionar sobre el turismo contemporáneo, sobre nuestra manera exprés de viajar. Las preguntas de las que parte el libro son: ¿qué vemos de una ciudad cuando no la vemos?, ¿dónde estamos cuando estamos en los llamados no-lugares, en aeropuertos, hoteles, taxis, centros comerciales? ¿Y hasta qué punto esos lugares neutrales consiguen realmente aislarse de su entorno nacional, político y cultural? Por lo demás, no hay nada más exótico que un centro comercial en San Salvador, o que la conversación de un empresario español con un taxista indígena en La Paz.


-El libro se mueve en un espacio muy concreto: Latinoamérica, es decir, un lugar inmenso, un continente con una misma lengua. En cierta manera el libro podrá ser tomado como una metáfora sobre la lengua, sobre el español, su idioma literario. Al fin y al cabo usted ha hablado muchas veces de que su español es un entreverado… ¿Lo cree así?

Me gusta pensar en la lengua española como un medio de transporte. Quizás el mayor del mundo. Más que a bordo de aviones, viajamos a bordo de un idioma riquísimo, incomparable, que vive el momento justo de diversidad cultural y unión gramatical. Ojalá algo de eso se perciba cuando escribo. Procuro tener siempre en cuenta las numerosas maneras que tenemos de nombrar las cosas, y cómo sonarían en una y otra orilla. Me atrae construir un castellano a medias familiar y a medias extranjero, que suene natural en todas partes sin pertenecer del todo a ninguna.


-Al ser éste un libro de viajes, muy diferente al habitual en el género me gustaría saber su gusto por la literatura de viajes y sus autores. Puede incluir las novelas de aventuras.

Sinceramente, con Homero, Verne y Chatwin tendríamos suficiente como para viajar toda la vida. Aunque esos maestros no conocieron los overbookings, las agencias fantasma, los mapas de Google, los controles de seguridad de los aeropuertos, los extravíos masivos de equipaje. Nos quedaría contar eso. Bien pensado, toda la literatura es de viajes. Exteriores o interiores.


(publicada en la revista Leer, número 214, julio-agosto de 2010)