Penthouse conversa con Andrés Neuman

 

Ángeles López


Ha conseguido uno de los premios de narrativa más importantes: el Alfaguara de novela. La historia de un viajante que no puede marcharse de una ciudad inventada, en algún lugar de Alemania del siglo XIX, ha tenido la culpa de subyugar al jurado.

El premio Alfaguara de novela no le ha caído del cielo. 'El viajero del siglo' le llega después de haber sido dos veces finalista del Herralde, del Primavera y haber conquistado el Hiperión de poesía. Llevo años pensando –y salvando todas las distancias– que Neuman es a la literatura lo que Amenábar al cine. No tanto por su precocidad, como por el hecho de que su vocación y voluntad hayan conformado un ángulo de rentabilidad para el arte en ambos casos. A los veintipocos años, cuando la mayoría de los mortales está en proceso de formación, el cineasta deslumbraba al mundo con su ópera prima y Neuman, el escritor, se alzaba con uno de los más prestigiosos premios literarios en castellano que ya quisieran para sí muchos autores consagrados. Este narrador- poeta- cuentista- antólogo- ensayista- columnista- filólogo- guionista, iba para escritor de mañana y futbolista vespertino hasta que una lesión de rodilla le impidió meter goles en La Bombonera, el mítico estadio de Boca Juniors… Y es que nadie puede calcular de antemano los trabajo del tiempo.

Con su palmarés literario cualquiera podría haberse dedicado a comer de las sobras de la admiración que muchas y muy grandes plumas le han prodigado. Pero Neuman milita en el concepto del gutta cavat lapidem y no ha dejado un solo día de encerrarse en su despacho nocturno, para percutir las teclas del ordenador como quien improvisa una pieza de cámara. Es un tipo celebrativo, con fuerte inclinación a la sonrisa y amabilidad de otro tiempo. Cuando le conoces, te parece imposible volver a beber la sopa negra de los espartanos porque sus pensamientos de techo alto te abrochan a la vida y el fondeadero de su mirada siempre es lúdica. Estar una tarde con él supone recibir, de forma permanente, buenas noticias de ti mismo. Este autor –no seré yo quien diga que es mitad español y mitad argentino–, destinado a grandes negritas en los tratados literarios, acaba de tejer un territorio mental a fuerza de verbos y adjetivos. Su nueva aventura narrativa iba para relato breve y ha terminado siendo una novela de 500 páginas con más de veinte personajes, situaciones en una ciudad alemana inventada en la frontera entre Sajonia y Prusia. De ayer y de hoy, de aquí y de allá; del babor y estribor de estos tiempos que corren, hablamos con el hombre que acuna las palabras…



-Cuando la crítica le pone tan bien... ¿Pone sus barbas a remojar?

Mis barbas no dan para grandes cosas. Llevo lo que hoy se llama media barba, que es un eufemismo para nombrar a los que, como mucho, somos hombres de medio pelo en pecho. En cuanto a los críticos, conozco algunos cuya afición predilecta es rasurar al prójimo. ¿Cuál era la pregunta?

-Ha invertido seis años en esta novela, ¿ha sido su esfuerzo más prologado en una obra?

Probablemente. Algún libro de poemas, como Mística abajo, me tomó un tiempo parecido. Pero la dedicación a los poemas, siendo intensa y muy entregada, va por rachas. Hay días en que uno escribe como loco, y después hay semanas de silencio. En cambio una novela, bien o mal, con o sin ganas, te obliga a un trabajo diario, a un compromiso insensato con los personajes. Escribir una novela tiene algo de acto de fe, ¿no? Y pocas cosas merecen nuestra fe. El placer, la alegría, la música y, por supuesto, contar historias.

-Ahora que lo ha leído y releído, corregido y “recorregido”... ¿Es su Ana Karenina o el tiempo dirá?

Si yo fuese capaz de escribir algo parecido a Ana Karenina, me dedicaría a hacer locuras el resto de mi vida. Aprendería a remar entre cataratas, escalaría el Himalaya, me tiraría en paracaídas tranquilamente. Pero como no puedo ni una cosa ni la otra (ni ser Tolstói ni ser valiente) me empeño en la mejor aventura que conozco: escribir libros.

-César Aira dice que un libro sólo es la suma a una carrera entera, que no deberían existir las “obras hito”. ¿Usted qué opina?

Opino que en cierta forma Aira tiene razón, y que en cierta forma él no tenía más remedio que decir eso, porque su obra es así, un rompecabezas interminable donde cada pieza cobra valor en relación con las otras.

-Su novela es como una paradoja: no es histórica sino futurista. Está escrita en un lugar que no existe pero que, al tiempo, es muchos lugares... ¿No habrá creado su Macondo y le ha instalado dentro a su Maqrol el Naviero?

A mí esa manía de dividir las novelas entre las que suceden ahora, las que suceden antes y las que suceden después, me parece absurda. ¿Qué importa cuándo ocurre el argumento? Las novelas, ante todo, están bien o mal escritas. Después hay muchas clases de novelas paradójicas: novelas sobre el presente que son conservadoras, novelas futuristas que parecen muy antiguas, y novelas sobre el pasado que discuten los problemas del presente y su lenguaje. Las novelas históricas que me interesan son esas. Lo que sí tenía claro es que Wandernburgo, la ciudad a la que llega el misterioso protagonista de El viajero del siglo, debía ser inventada. Mi intención no era hacer un testimonio académico ni una crónica realista, sino crear un símbolo. Un lugar para extranjeros, donde nadie quiere quedarse pero nadie sabe irse.

-Para colmo, se permite rozar asuntos medulares de la última centuria: la inmigración, el nacionalismo, la lucha de la mujer. ¿Será que hay cuestiones que sólo se pueden abordar desde la literatura?

Creo que esas cuestiones, y muchas otras, se abordan con más hondura y menos demagogia desde la literatura que desde la política. Me parece mucho más útil la literatura política que la política literaria.

-He leído por algún sitio que intenta homenajear a la novela del XIX pero realizando un experimento de mestizaje. ¿Me lo cuenta?

Je, je. Si puedo… Se trataría de un mestizaje en varios sentidos. En el ideológico, porque la novela intenta reflexionar sobre la extranjería, las fronteras. En el estilístico, porque propone un homenaje a la gran novela clásica del XIX, pero con recursos lingüísticos y visuales muy del XX y el XXI. En el nacional, porque el libro está escrito en un castellano de todas partes y ninguna, que es la lengua natural de los emigrantes y de nuestro mundo movedizo.

-Además de experimento estético, hay otro histórico y político que tiene que ver con la idea de tender puentes entre la situación occidental de la época de la Restauración, y el momento actual de Europa en particular, que presentan, según usted, similitudes inquietantes... ¿Cuáles?

La Europa conservadora y religiosa de la Restauración fue posible por el fracaso de Napoleón, que empezó proponiendo derechos, libertades, constituciones, y acabó convertido en un emperador patético que invadía países y quería poderes ilimitados. Hoy pasa algo parecido. Los proyectos de la izquierda utópica han degenerado en dictaduras lamentables, desde Cuba a Venezuela pasando por China o la Unión Soviética. Sobre las ruinas de ese desengaño se han construido las potencias neoliberales que dirigen lo que llamamos Occidente, con la Europa del Vaticano, las multinacionales y la xenofobia a la cabeza.

-Hans, su protagonista, recala en Wandernburgo con idea de pasar allí sólo una noche pero termina quedándose un año entero, sin poder definir qué le retiene, "como imantado"... ¿El ángel exterminador?

Exacto. Un Ángel exterminador en versión novelesca, y a escala europea. ¡Espero que Buñuel esté muerto de verdad, porque si no me mata a mí!

-Por cierto, ¿no le molesta que le llamen porteño granadino –o andaluz rioplatense? (Queda tan pastoril, tan políticamente correcto eso de contentar a las dos orillas del Atlántico…)

Más que molestarme, me divierte. Pero cualquier inmigrante sabe que, por mucho que conozca y ame sus dos orillas, en realidad se siente doblemente extranjero. Y que muchas veces se ahoga a mitad de camino.

-Aunque Merino repite que “el hombre no inventó la ficción, sino que ésta le inventó a él”, ¿no está viviendo momentos de devaluación?

Eso dicen, pero a mí me parece todo lo contrario. La ficción está tan de moda que se ha colado en todos los ámbitos: las noticias, la política, el deporte, la ciencia… ¿Cómo va a estar devaluada? Lo que está es confundida.

-Escribir es lo más sexual que conoce... (Como comprenderá, si no es una boutade, necesito una explicación.)

Muy fácil. Escribimos con las manos. Se necesita tacto y a la vez deseo. Podemos hacerlo en soledad o en compañía, según el ánimo. En los libros, igual que en los cuerpos, buscamos placer y aprendemos buscándolo. Y cuanto más leemos o escribimos más gusto nos da, y más queremos que nos lean o nos escriban. ¿Se parecen o no?

-¿Es verdad que su abuelo Jacinto podía llegar a retirarte la palabra si creías en Dios... o son todos ustedes una familia de exagerados?

Es completamente cierto. Mi abuelo Jacinto tuvo una madre española (gallega de Betanzos) muy religiosa. Y, como suele ocurrir cuando la religión abusa de las personas, mi abuelo Jacinto terminó siendo un ateo fanático. Cuando mi madre se comprometió, le dijo: «cásate con quien quieras, hija, pero si es por la iglesia no me invites».

-De ascendencia judía por parte de padre, sé que pone en cuarentena su ortodoxia y algunos esencialismos, pero, ¿cómo asiste usted a este antisemitismo casi mundial?

Con una doble tristeza. Por un lado, siendo judíos mis ancestros paternos, el resurgir del antisemitismo me duele mucho. Y, por otro lado, la política militar de Israel me repugna. Estoy a favor de que Palestina tenga los mismos derechos que Israel. No me gustan los Estados oficialmente religiosos. Ni musulmanes, ni católicos, ni judíos. Creo en la libertad de culto y en los gobiernos laicos. Eso sí: sería bueno dejar de confundir la cultura judía, la tradición hebrea y el Estado de Israel, que son cosas muy distintas.

-¿Qué puntuación le da a los 100 días del Gobierno Obama? (Parece que todos se ponen de acuerdo en ponderarle, menos Pamuk que dice no poner todas sus esperanzas en él.)

Me asombra que la humanidad siga esperando tontamente a un Mesías. Obama me parece un buen presidente en apuros. Nada más ni nada menos. Creo que fue bueno que ganara, pero malo que hubiera una ola de adhesión mundial tan acrítica, que le concede un poder simbólico demasiado grande. Y un pasaporte seguro a la decepción.

-Mirando a España: ¿le ve usted el final a esta crisis? ¿Tiene el Gobierno de Zapatero recursos para sacarnos de este escollo económico?

Además de la gripe porcina, me temo que sufrimos otra pandemia: la obsesión por las profecías. Como no sabemos qué coño hacer con el presente, nos pasamos la vida haciendo sondeos y predicciones. No tengo idea de qué pasará. Lo que sí sé es que esta crisis se fraguó hace tiempo, mientras todos hablaban de bonanza y pegaban pelotazos.

-Y al otro lado del “charco”, ¿qué noticias le llegan de la actuación política de Cristina Fernández de Kirchner?

Contradictorias. Por un lado pienso que los Kirchner han sido un mal menor para Argentina, y que los otros candidatos no ofrecían ninguna garantía de hacerlo mejor. Sus políticas en materia de redistribución de la riqueza o derechos humanos me parecen notables. También me molesta que se hable tanto de la ropa o el aspecto de la presidenta, si fuera un hombre no haríamos lo mismo. Ahora bien, por otro lado me preocupa que la política latinoamericana sea tan endogámica y dependa de ciertas familias.

-No puedo resistirme a hablar de fútbol: ¿es usted de los que se sienten escocidos porque el Barça lo ganará todo este año?

Soy un madridista raro. Quiero que gane el Madrid, pero jugando como el Barça. O sea que no lamento que ellos ganen todo este año. Se lo merecen de sobra. A ver si aprendemos, y en vez de coñazos a lo Capello probamos con maravillas a lo Guardiola.

-¿Usted diferencia bien entre un regalo y un soborno? –¿o le pasa lo que a Camps?

Ojalá el problema de Camps, del PP y los gobiernos en general fuesen los trajes regalados. El problema son las recalificaciones amañadas, las constructoras amigas y el intercambio de favores entre empresas privadas e instituciones públicas. Me parece cínico que estemos hablando de sastres, en vez de discutir sobre la financiación de los partidos.

-Para finalizar: ¿Ha comenzado un nuevo libro o intentará “despalabrarse” durante un tiempo?

Siempre hay un libro esperando debajo de la cama.



(entrevista publicada en la revista Penthouse, nº 378, septiembre de 2009)