Andrés Neuman y su novela de Alemania

 

Pedro Pablo Guerrero



Esta semana llega a Chile el escritor argentino radicado en España. Viene a presentar su novela 'El viajero del siglo', una historia de amor en el siglo XIX escrita a partir del recuerdo de canciones de Schubert que escuchaba en su infancia.


-Bolaño decía que la precocidad no era tu principal virtud, pero reparaba en ella. ¿A qué la atribuyes? ¿Ansiedad en publicar?

La ansiedad, si la hubiera, sería sobre todo de escribir. De estar escribiendo. Es lo que más me gusta en la vida y lo único que sé hacer. No se trata del mercado ni de las editoriales. Se trata simplemente de mi vocación y la descubrí de niño. No lo veo como un problema. Es un mecanismo muy simple, casi primitivo: escribo un libro, lo corrijo y trato de publicarlo para quedarme con las manos vacías y sentir la necesidad de escribir otro.

-¿Por qué te llamaron la atención fueron los lieder del "Viaje de invierno" de Schubert, hasta el punto de traducir al autor de sus letras, Wilhelm Müller, y escribir esta novela a partir de ellos?

Es un asunto un poco misterioso. ¿Por qué nos atrapa cierta música, cierta historia, hasta llegar a obsesionarnos? Podríamos dar respuestas muy distintas, desde la magia hasta Freud. Escuché esas canciones de Schubert durante toda mi infancia sin saber qué demonios decían. De alguna manera las comprendía sin entenderlas. Lo asombroso es que, años más tarde, leí las letras y me identifiqué con la historia que cuentan. Trata sobre un viajero que abandona su casa y empieza a caminar sin saber adónde va. El tipo es un nómada incurable y no está cómodo en ninguna parte. Hasta que se encuentra con un organillero, un ancianito al que le nieva en la cabeza, le ladran los perros, al que nadie escucha, pero que parece feliz donde está. Entonces el viajero se pregunta: ¿cómo hará? Y siente la tentación de acompañarlo. Ahí termina la música de Schubert. Y empieza la novela.

-¿Tus padres eran músicos profesionales? ¿Dónde tocaban? Aparte de Schubert, ¿cuál era el resto de su "repertorio doméstico", por así llamarlo? ¿Cómo crees que influyó en ti esta formación musical?

Sí, eran profesionales. Eso nos daba un poco de risa, porque cuando de niño yo decía que mi madre tocaba el violín, la gente me contestaba: sí, bueno, qué lindo, ¿pero de qué trabaja? Ella tocaba en la Filarmónica del Teatro Colón en Buenos Aires. Mi padre era oboísta en la Filiberto del Teatro Cervantes, también en Buenos Aires. A los dos les gustaba mucho la música de cámara, preferían la intimidad de unos pocos instrumentos que la grandeza de las sinfonías. En casa sonaban los últimos cuartetos de Beethoven y Dvorak, los quintetos de Mozart y Schubert. Y Bach, sus cantatas y las partitas. ¿Cómo me influyó eso? Ni idea. Me encanta la música clásica, pero también el rock. No podría vivir sin los Beatles, Pink Floyd, los Kinks, King Crimson, Queen, Bowie. Soy bastante setentero. Con el violín yo era un auténtico desastre, y mi santa madre me consolaba diciéndome: eso es porque a ti la música te sale en las palabras. ¡Pobrecita! En fin, no sé. Puede que la sintaxis sea un pentagrama.

-Has dicho que te demoraste más en terminar el libro debido a la muerte de tu madre.

Su muerte, por supuesto, fue una desgracia que atascó todo: mi vida en general y la novela en particular. De todas formas, “El viajero del siglo” ya iba para largo. Me había documentado y había tomado notas durante más de dos años, e iba más o menos por la mitad del libro cuando ella murió. Estuve a punto de dejar de escribirla, me preguntaba qué sentido tenía esforzarse tanto en la ficción cuando la realidad me había quitado el personaje que más amaba. Después entendí que el mayor sentido de terminar la novela era poder dedicársela a mi madre. Inventar historias es una manera digna de defenderse de la muerte. Los personajes de un libro resucitan cada vez que lo abrimos.

-En la novela, el organillero compara el acto de tocar con el de contar historias. ¿El escritor sería un organillero?

Esa era un poco la idea. Todos necesitamos contar historias, las historias nos explican nuestra vida y nos preparan para la muerte. Y mientras la ficción siga moviendo la manivela, el mundo va a seguir girando. Maltrecho, sucio, imperfecto. Pero girando.

-"La moda de las novelas históricas me parece penosa". "Creo que el pasado no debería ser un entretenimiento, sino un laboratorio para analizar el presente", afirma el protagonista.

Mi intención no era hablar del pasado, sino de los orígenes del presente. Todos sabemos que la ciencia ficción proyecta un futuro inventado para tomar distancia respecto a nuestro tiempo, y así analizarlo mejor. Pienso que puede hacerse algo parecido hacia atrás: rebobinar la ciencia ficción. No tengo nada contra el género de la novela histórica (“Memorias de Adriano” o “Guerra y paz” pueden considerarse, cada una a su modo, novelas históricas), pero sí contra la aplicación literaria que muchas veces se le da. El lenguaje de esos libros suele ser plano, simplista, poco innovador. A mí me atraía la idea de escribir una historia del siglo XIX con los recursos estilísticos de las vanguardias contemporáneas, y también del mundo audiovisual: el cine, el zapping.

-¿Qué te llevó a escribir una novela que sucediese fuera de tu siglo?

Ante todo, la curiosidad. Y la rendida admiración por los maestros de la novela XIX, que eran capaces de crear estructuras poderosas que hoy evitamos y de inventar personajes tan amplios como el alma humana, cosa que no sé si sabemos hacer hoy. Y por supuesto el deseo de no repetirme, de evitar que los recursos del libro anterior resuelvan los problemas del siguiente. Pienso que cada libro es una oportunidad para aprender a escribir de nuevo.

-¿Por qué situar la historia precisamente en 1827?

El año 1827 es la fecha implícita que tomé como referencia, pero para leer la novela eso no importa. Por eso ni siquiera se menciona. La elegí porque ese es el año exacto en que se publicaron los poemas en los que se basó Schubert para el “Viaje de invierno”.

-¿Sabías que la Europa de Metternich y la Restauración fue un modelo para Kissinger?

No tenía ni idea, aunque desgraciadamente no me extraña. Vargallosianamente: ¿en qué momento se jodió Occidente? Posible respuesta: en el siglo XIX, después de Napoleón Y él también ayudó.

-Es interesante el nexo que estableces entre la traducción y el erotismo.

Traducir es transformar un cuerpo verbal en otro, por medio del deseo de la palabra. Y el amor tiene mucho de traducción, de querer entender y malentenderse. Además, me parecía mucho más divertido mezclar las escenas sexuales con las de traducción, en vez de separarlas como si el sexo y la teoría literaria no tuvieran nada que ver.

-¿Puedes traducir directamente del alemán? ¿Recuerdas qué fue lo primero que tradujiste desde ese idioma?

Pude una sola vez, con mucho esfuerzo, para traducir a Wilhelm Müller y darle un abrazo a Schubert. Partí de los poemas originales, los traduje palabra por palabra y después los confronté con distintas versiones en francés y en inglés. Me costaría trabajo volver a hacerlo. Fue un capricho literario. Se lo debía a Schubert y al violín de mi madre. Nada más.

-¿A qué te refieres con que este libro "está escrito en un castellano de todas partes y ninguna"? Como autor argentino, ¿cómo solucionaste el tema del voseo? ¿Te ayudó vivir y escribir en España?

Me refiero a que muchos escritores emigrados hemos vivido la experiencia de aprender a hablar de nuevo nuestra lengua materna como si fuese extranjera. ¿Qué fue Bolaño al fin y al cabo? Un chileno que escribió la gran novela mexicana viviendo en Cataluña. En quienes emigramos siendo niños, esa extrañeza quizá se acentúa. Haces la escuela en dos países que usan de diferente manera el mismo idioma, y empiezas a darte cuenta de lo contingentes y casuales que son los localismos. Desde esa sensación escribo. Salvo que el argumento suceda en un país muy concreto, claro. Entonces sí los uso. Eso hice en “Bariloche”, que está escrito en dos dialectos. El idioma neutro no existe. Si acaso un idioma equidistante, Frankenstein, nutrido de distintos lugares y de ninguno en particular. Ese castellano koiné si me interesaría. Y se trataría de algo creativo. Es lo que intento hacer cuando una historia no sucede en ningún lugar exacto, como es el caso de “El viajero del siglo”.

-¿Fuiste especialmente a Alemania para documentarte?

Viajé un par de semanas para recorrer en bicicleta la región en que, supuestamente, estaría Wandernburgo. Pero no hice una labor documental, sino más bien metafórica. No buscaba la exactitud del dato, sino una inspiración con algún conocimiento de causa. Al final mezclé ciudades que vi con otras que imaginé, a lo Italo Calvino. Lo demás fue investigar con ensayos, películas, novelas, epistolarios, diarios. No he tenido jamás antepasados alemanes: eso era lo divertido. Inventar una ciudad en un país para mí ajeno. Pero que, de algún modo, representa el eje del Occidente moderno para bien y para mal.

-Hay una crítica a la contradicción alemana entre cultura y violencia. Aparece un profesor muy culto, luterano, antisemita. Sin embargo, el matrimonio Levin tampoco deja muy bien parada a la comunidad judía local.

Exacto. Por un lado, Alemania representa lo mejor y lo peor de Europa. La filosofía de vanguardia, la mejor tecnología, la pujanza industrial, un arte inagotable. Y por otro lado el nacionalismo exacerbado, el imperialismo, el espíritu bélico. Me parece interesante detenerse en esa contradicción. Pero no deseaba caer en el maniqueísmo, por eso intenté que los Levin de la novela fuesen víctimas del antisemitismo, sin ser nada ejemplares ellos mismos. También tienen su lado miserable. Como cualquier ser humano.

-¿Por qué consideras a los románticos de Jena (Schlegel, Novalis, Kleist) la "fuente secreta de la literatura moderna, la posmoderna y la que vendrá"?

Si releyéramos los aforismos, ensayos fragmentarios, poemas visionarios, relatos híbridos y novelas experimentales de los románticos alemanes, sospecho que nos sentiríamos bastante antiguos.

-¿Cuál es la trascendencia que le asignas al subtexto que aludes constantemente en la novela: "Lucinde", de Schlegel?

La del cambio de rol de género. Que yo sepa, es la primera novela moderna que aborda a través de una pareja (y para colmo un matrimonio) la posibilidad de un hombre femenino, de una mujer masculina y de un amor horizontal, igualitario. Esa novela lo formuló casi como utopía histórica, pero ahí está y causó, por cierto, un revuelo considerable. Hace doscientos años. Vamos lentos.

-La importancia del viajero en el romanticismo alemán, ¿te interesa también por cuestiones biográficas?

El viajero romántico, a diferencia del turista contemporáneo, nunca sabía muy bien adónde iba ni para qué. Se construía una misión y un destino mientras iba: la aventura era ir, estar yendo, como la Ítaca de Kavafis. Quizá los descendientes de inmigrantes que después emigran tengan una idea parecida de su patria.

-Aparte de ser premiado por Bolaño, ¿tuviste oportunidad de conocerlo? ¿Qué opinas de sus juicios, que hoy aparece citados en tus libros? ¿Por qué crees que le preocupaba tanto el destino de los escritores jóvenes? ¿Qué autores asociados a Bogotá 39 crees que se salvarán?

Bolaño fue un escritor extraordinario y un hombre complejo y contradictorio, como toda la gente interesante. Lo conocí después del Premio Herralde del 99, cuando se publicó “Bariloche”. Desde entonces y hasta su muerte, él fue muy generoso conmigo y yo no puedo más que estarle agradecido. Sus juicios eran contundentes y tampoco hace falta sacralizarlos, incluyendo los que hizo sobre mí. Él no los pronunció con ese eco póstumo y definitivo que ahora se les da. En cuanto a lo de salvarse, no creo en la salvación. Prefiero que cada uno se condene por aquello en lo que crea.



(entrevista publicada en el diario El Mercurio de Chile, 5 de julio de 2009)
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