Andrés Neuman: ¿Vivir del cuento?

 

Carlos Contreras Elvira



Después de tres novelas, cinco poemarios, dos libros de cuentos y uno de ensayo, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) regresa al género del que partió: el cuento. En 'Alumbramiento' (Páginas de Espuma), además de reducir a tinta un buen puñado de instantes, la promesa cumplida de nuestra literatura reflexiona sobre la figura masculina en sus roles totémicos.


Hemos quedado en el teatro Isabel La Católica, en pleno corazón de Granada. Ya es la hora, pero no asoma ningún rostro parecido al de la foto de El tobogán. Suena mi móvil. Una voz siempre agradable me dice que su cuerpo llegará cinco minutos después, que disculpe la espera. Hago tiempo uniendo mentalmente los puntos más importantes de su currículum: sus dos primeras novelas, Bariloche (Anagrama, 1999) y La vida en las ventanas (Espasa, 2002), fueron finalistas del Premio Herralde y del Premio Primavera respectivamente. Con Una vez Argentina (Anagrama, 2003) volvió a ser finalista del Herralde y con El tobogán (Hiperión, 2002) ganó el Premio Hiperión de poesía. Casi nada para tener 29 años, pienso. Al fin, el joven sale de la foto del libro de poemas que guardo en mi bolsillo y me saluda con cordialidad. Sin acordar nada, caminamos hasta un café. La charla es distendida y compruebo que a ambos nos gusta hacer conjeturas sobre lo que observamos. Pronto traveseamos al suponer las causas del silencio de la pareja de enfrente: el cuento es el secreto que comienza ahí y hay que saber guardarlo.


SEMILLA DE CUENTISTA

-El cuento tiene una gran tradición en Latinoamérica. ¿Hasta qué punto marcó tu infancia en Argentina tu vocación por este género?

Ay, ay, Freud a la vista… Sería difícil averiguarlo: es como preguntarse cuánto nos determina realmente nuestro origen familiar. En principio, te diría que soy reacio a establecer un vínculo esencial entre los destinos literarios y las identidades nacionales. Ahora bien, para contradecirme como corresponde, reconozco que en Argentina y otros países latinoamericanos existe cierta tendencia a iniciarse a través del cuento, igual que en España muchos jóvenes empiezan escribiendo poesía. Cortázar estuvo ahí desde el principio, como una promesa, en la biblioteca de mis padres. Y a mi abuelo Jacinto, que era contable, le gustaban mucho los cuentos de Borges. Puede que eso me predispusiera para curiosear en el género. Aunque, si nos ponemos suspicaces, esas influencias familiares también podrían haberme llevado a rechazar a Borges o Cortázar, ¿no? Y con esto, si te parece, dejamos descansar al asunto y también al señor Freud.


-Y la casualidad también determinó tu vocación, porque de niño querías ser El Diego... ¿Es entonces azarosa la primera cita de todo escritor con las palabras?

Es verdad que de niños muchos soñábamos con Maradona, aunque me temo que a mí la realidad me habría desengañado pronto: no habría pasado de tercera división. Tampoco siento que el hallazgo de la escritura fuese casual: empecé a escribir por pura necesidad, porque enseguida intuí en ella una fuente de felicidad y cordura. Por supuesto que los libros también hablan del dolor, el miedo, la soledad o la muerte, pero esos conflictos son anteriores, no los crea la escritura sino que los aborda, los clarifica, los ilumina. Así que desde que empecé a maltratar con dos deditos una Olivetti, tuve claro que sería escritor. Lo que no imaginaba es que además sería mi trabajo. Pero eso no ha menguado mi entusiasmo ni mi ilusión por las palabras, más bien al contrario. En eso la escritura se parece al amor: cuanto más la frecuentas, más misteriosa te parece.


EL OFICIO DEL CUENTISTA

-Si unimos los títulos de tus tres libros de cuentos nos queda El que espera hasta el último minuto un alumbramiento... ¿Estamos definiendo el oficio del cuentista?

Al principio no me di cuenta, pero al recibir el manuscrito el editor me señaló eso mismo, que los tres títulos formaban una sola idea, una especie de poética. La cosa era tan obvia que me pareció asombrosa. Como casi todos los planes, fue algo más casual que voluntario. Supongo que las partes tienden a buscar su todo, aunque las partes no lo sepan. Pero bueno, el asunto de los títulos es divertido. Me muero de ganas de saber cómo querrá llamarse el próximo libro, para conocer cómo sigue la frase. A lo mejor cuando sea un señor viejito y publique mi último libro, habré obtenido un epitafio. Espero que al menos sea una frase larga.


-Alternas cuento con novela, poesía, ensayo, traducción... ¿Eres capaz de escribir varios libros a la vez o escribes uno mientras dejas otros en barbecho?

Aunque parezca raro, encuentro más cómodo escribir más de un libro a la vez: cuando me atasco o pierdo frescura con uno, me paso al otro. Eso me regenera y me permite poner un poco de distancia. Es como si unos libros se apoyasen en los otros, como si hicieran fuerza juntos para salir a flote. Así se trabaja más horas, pero la sensación es más descansada. Además, no podría hacerlo de otra forma. No tiene nada que ver con el mercado ni con ninguna exigencia editorial: trabajo así por simple compulsión, porque me hace inmensamente feliz tener varios asuntos entre manos, porque no podría vivir sin contarme muchas historias.


TEORÍA DEL CUENTO

-A algunos autores, como Pérez Reverte, teorizar sobre la literatura les parece una pérdida de tiempo. Tú, sin embargo, incluyes apéndices teóricos sobre el cuento en tus libros ¿Con qué objeto compartes con el lector tu gusto por la teoría literaria?

¡Será que soy un vicioso! A mí eso de que los creadores son seres angélicos e inconscientes que no pueden detenerse a reflexionar sobre lo que hacen, me parece una ingenuidad un poco romántica. Teoría y práctica no tiene por qué oponerse, como no se oponen alma y cuerpo, ciencias y letras o la meditación y la cocina. Pero es que en mi opinión existe un malentendido acerca de la teoría: yo no la veo como un rollo que te impide pasar a la acción. La teoría que me interesa es posterior a la práctica, o quizá simultánea. No planea la escritura, la va descubriendo, dialoga con ella. Como el diario de navegación del marinero en alta mar. Como la receta que anota el cocinero mientras las verduras se fríen en la sartén. O como las conclusiones tácticas del futbolista en el entretiempo. Nunca he entendido por qué algunos se desentienden orgullosamente de la teoría, como si fuese un mérito renunciar a la mitad del conocimiento. Creo que todo lo que escribe un escritor es literatura, o debería serlo. Cada texto es un acto de lenguaje, una búsqueda estética, ya se trate de prólogos, cartas de amor o artículos de prensa, como esos que escribe el novelista Pérez Reverte.


-El primer punto de tu Dodecálogo de un cuentista dice: “contar un cuento es saber guardar un secreto”. He abierto mi diccionario de sinónimos por “cuentista”, y entre las acepciones sale “cotilla”. ¿Hay en todo cuentista un cotilla, o sólo alguien a quien le ocurren cosas que luego escribe para que le ocurran otras?

Pienso que todo escritor es un curioso incurable, ¿no?, una especie de cotilla con prestigio. También ‘cuentista’ significa mentiroso. Y un narrador tiene también algo de mentiroso con causa: las narraciones mienten para alcanzar alguna clase de verdad más allá de los términos de su anécdota. ¿Contamos historias porque nos han ocurrido? A veces. ¿O las escribimos para que nos ocurran? También. Incluso a veces se escriben ciertas cosas para que no ocurran, o porque no llegaron a ocurrir. En este sentido la escritura es un proceso de una libertad fascinante, una mezcla de memoria, utopía y conjuro. En ella cabe de todo: lo que sí, lo que no y lo que tal vez.


ALUMBRAMIENTO

-En el cuento “El género literario” parodias el desinterés de las editoriales por publicar libros de cuentos. ¿Por qué los editores parecen tener más aprecio por los libros que cuentan poco en mucho que por los que cuentan mucho en poco?

En realidad ese cuento es una broma, no una queja. Hay editoriales de todas clases, y algunas desempeñan una labor encomiable a favor del cuento: no sólo Páginas de Espuma, sino también Menoscuarto, Thule... De todas formas, igual que me opongo a valorar los libros al peso o a admirar a un autor según el tamaño de su miembro editorial, también me opongo a enfrentar los géneros, porque sería estúpido y una falta de respeto a la novela. Borges, Carver, Chejov, Quiroga, Poe, Maupassant o Cheever son maestros gracias a sus cuentos, pero si amamos a Flaubert, Tolstói, Stendhal, Galdós o Faulkner es gracias a sus novelas. No es un problema de extensión sino de densidad, de intensidad literaria. Un texto breve puede ser inane, y Ana Karenina es una bomba atómica. Lo que me molesta es que no se valore el cuento por sí mismo. Como si en vez de un resultado pleno fuera un paso previo para otra cosa. Eso sería tan absurdo como sostener que la orfebrería es la antesala de la arquitectura, o que los velocistas están destinados al maratón. Y en este malentendido no sólo caen algunos editores, sino también la prensa e incluso muchos críticos.


-Siendo el proceso de escritura de Alumbramiento igual al de los dos anteriores (por sedimentación de textos) ¿Qué crees que aporta respecto a los otros dos?

Tengo la sensación de que en este libro hay una pizca más de osadía formal y también (ojalá) de emoción, de indagación psicológica. En cuanto al contenido argumental de Alumbramiento, quizá lo más destacable sea que la primera parte está íntegramente dedicada al mismo tema: el rol masculino tradicional. Son relatos que intentan analizar y cuestionar desde diferentes ángulos la figura del hombre en sus funciones totémicas: el padre, el amante, el héroe, el justiciero, el luchador, el aventurero. Pienso que replantearse la propia masculinidad tiene su importancia y en cierta forma sigue siendo una asignatura pendiente, porque el cambio de rol de la mujer no puede consumarse por completo hasta que el hombre revise también el suyo. Siempre me ha extrañado que el feminismo o el pensamiento de género tienda a considerarse una cuestión de mujeres, porque nos afecta y concierne a nosotros tanto como a ellas.


(publicada en la revista Qué Leer, nº 114, año 2006)