La identidad en fuga

Pere Ballart

 

Con el fulgor de un meteoro, a la ya copiosa bibliografía en verso y prosa de Andrés Neuman cabe, a cada cierto tiempo, añadir un nuevo título con que vemos alargarse un poco más la estela de esta obra en avance veloz y sostenido. Hoy se trata de La canción del antílope, un poemario que, pese a llevar fecha de composición de 1999-2000, sólo ahora, este pasado otoño, ha ido a ponerse al lado de los otros tres volúmenes de poesía –dejando aparte el primerizo Simulacros­- que este bonaerense, granadino de adopción, ha dado ya a la imprenta. No es muy frecuente que el mismo poeta sirva en bandeja a sus críticos una plausible organización del bloque de su producción poética, por lo que la “Breve nota” que cierra el libro resulta al cabo una deferencia que es muy de agradecer. En ella Neuman propone que, a la espera de un estilo que alcance a unificarlas, en su poesía existen dos “maneras”: una, más ligera, tendente a adoptar la forma deslazada propia de un cancionero, que estaría representada por los libros Métodos de la noche (1998) y El tobogán (2002), y otra, común a la presente obra y a su predecesora El jugador de billar (2000), que debe llevarnos a verlas como libros de una superior exigencia, “más herméticos y unitarios”.


Menos frecuente todavía es que una nota en apariencia sibilina como es esa, que se diría que no pasa de aclarar el porqué de la fascinación del poeta por el animal al que homenajea el título, acierte, bien leída, a despertar tantas sugestiones sobre los mecanismos formales e intenciones expresivas que el poemario indudablemente encierra. Sobre el bello rumiante africano, en efecto, escribe Neuman: “Los antílopes suelen ser criaturas de apariencia agresiva, comportamiento receloso y realidad indefensa. Con la altura de sus astas y el brillo de su piel intimidan a las demás criaturas: por eso mismo son, también, cazados”. Una vez que aceptamos que los dieciocho poemas sin título de la sección central del libro, “El antílope”, dibujan una peripecia que toma como pretexto simbólico la naturaleza y reacciones de dicho animal para así dirigir desde las mismas una mirada lírica sobre nuestra urgente y frágil condición humana, bien podemos convenir que también las piezas que componen el volumen se corresponden perfectamente con aquella descripción. En efecto, son textos que participan por igual de una apariencia agresiva (por las imágenes convocadas, a menudo violentas y como traspasadas por una sensación de prisa y de peligro), de un comportamiento receloso (por la forma en que el sujeto lírico, desdoblado en un tú al que continuamente apremia y previene, se hurta casi siempre a una reconocible descripción de hecho del poema), y, en fin, de una realidad indefensa (por la impresión desprendida del conjunto, en que la amenaza y una permanente necesidad de huida parecen hacer precario hasta el refugio de la noche –noche del cazador y de su presa-, espacio predominante de una gran mayoría de los poemas). La indisociable y rara mezcla de brío y vulnerabilidad, propia del antílope y apuntada en el final de la nota de Neuman, se acordaría también, a la postre, con el sentido global de la entera sección, en que la vida –la veda­- es vista como un deseo perentorio que va apurándose, y apurándonos, contra el tiempo en inacabable fuga, y que aún así no deja de ofrecerse “tan limpia en su regalo, tan serena,/ tan posible que apenas la comprendes”.


Sobre el principal y más obvio procedimiento simbolizador utilizado por el poeta, cabe hacer una ineludible matización: el libro celebra al antílope, pero ni su entorno ni sus hábitos son los que le supondríamos. No es su casa, desde luego, la sabana, sino la desafecta rutina de cualquier metrópolis, y su estampida tampoco acaece a consecuencia del imprevisto ataque de algún melenuda león, todo zarpas en su salto rampante, sino que es el producto de la sinrazón de una vida alienada, en que los depredadores son esos relojes que nos miden hasta el amor y los sueños. Haciendo abstracción de la imaginería que cualquier documental naturalista le hubiera servido en bandeja, con muy buen criterio Andrés Neuman ha limitado el alcance de ese símbolo a la sola figura que cruza nerviosa y ávida por las silvas del poemario, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que por lo demás se atenga este a los modos de un realismo previsiblemente convencional. Son unos versos del superrealista peruano César Moro los escogidos para iluminar el epígrafe más significativo del libro (versos pertenecientes a un poema que acaso quepa mirar como su más remoto germen) y, en consonancia con ellos, la representación de lo real llevada a cabo en La canción del antílope no escapa a un cuidadoso régimen de mudanzas y distorsiones. Evidentemente los escenarios de la experiencia poética son las avenidas urbanas, los interiores domésticos, los trayectos de la costumbre, pero, con todo, la poesía de Neuman podríamos decir que, más que dedicarse a reflejar dichos escenarios, los refracta, descentrando de la percepción del lector cualquier imagen nítida de la anécdota que sirve de soporte al poema. Como en esas fotografías obtenidas con una velocidad de obturación muy lenta, en que un objeto central aparece bien definido pero a su alrededor todo es movimiento, formas desvaneciéndose borrosas, también los versos capturan admirablemente un gesto, un rincón, un suceso, para abandonar el contexto general de su situación a una inconcreta perspectiva de sesgos deliberadamente confusos –verdaderos delirios “entre el párpado y el ojo”, como explica una de las composiciones. De este modo hay que contar sin duda entre lo más sobresaliente de la obra esos vislumbres certeros, epifanías procuradas por el sexo, la pesadilla o el abandono, y con ellos, por supuesto, el rescate de algún atisbo de “esas horas en las que acabas viendo/ el modo en que la muerte, sigilosa,/ desliza sus tirantes y enseña la clavícula”.


En su propuesta total, sin embargo, debe tomarse muy en cuenta que el núcleo del libro no se presente solo, sino enmarcado en otras dos secciones escuetamente representadas por sendos poemas que tienen por misión regular la distancia a la que el poeta se coloca de la operación fundamental del libro, la simbolización antes descrita. Si el último, “La canción”, no es sino un trasunto de l’envoi tradicional, con que el poeta amoroso, desde Petrarca, ha sido capaz de contemplar la propia creación como un lector más, situándose fuera ya del supuesto ficcional con que la ha sustentado, en cambio el primero, “La máscara”, de mucho mayor interés y acierto en la ejecución (quizá la más redonda del volumen), expone los delicados ajustes por los que el pota se dispone a hablar de sí mismo detrás de aquel mismo supuesto fingidor. Al revelar cómo ha sido construida la identidad a la que darán vida los siguientes poemas, esta excelente pieza permite distinguir en las facciones de ese “animal de la duda” que, azogado, transitará a la carrera por la ciudad y la noche, la cara del propio poeta, en un ejemplo de sinceridad artística que deja muy claro que en una máscara cuyas “grietas se unirán en torno al personaje/ y la pasta del pánico hará el resto”, no todo va a ser, ni mucho menos, artificio. Si su temprano poema “El gran arte” (incluido en Métodos de la noche) se preguntaba si acaso “después de todo/ mentir no fuera malo/ sino sólo difícil”, lo cierto es que con apuestas literarias como La canción del antílope va camino de demostrar que sus mentiras poéticas responden doblemente a aquel interrogante: además de ser buenas, parecen resultarle fáciles. Y lo que es mejor: se dirían verdaderas.

(Revista Quimera, julio de 2004)



«Andrés Neuman es una de las voces más interesantes de la joven poesía española, además de un excelente narrador y traductor. En La canción del antílope se ponen de relieve, sobre todo, la altura y la profundidad de sus planteamientos poéticos.»
(Luis García Jambrina, Abc Cultural)
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«Cuando todavía está lejos de cumplir los treinta años, la obra de Neuman sorprende por su cantidad y por su variedad; también por un dominio de todos los resortes del oficio que en él parece ser innato. No podemos dejar de admirar a un escritor tan dueño de sus recursos, tan capaz de diversos tonos. Admirable ejercicio, y no sólo eso, es La canción del antílope, aplicada y bien desarrollada parábola sobre la fragilidad y el desamparo del hombre contemporáneo.»
(José Luis García Martín, El Cultural)


«Evidencia algunas de las convicciones más profundas del autor. Instinto e intuición. Dinamismo y vida. He ahí las cuatro patas que dan impulso a este antílope. Uno sale de La canción del antílope, como de una intensa cacería. Hemos asistido al paso de un animal palpitante, hemos sido nosotros y otros a un mismo tiempo, hemos desenmascarado en parte al mundo, al no verlo sólo con la fría razón, y hemos sido partícipes de la belleza.»
(Lorenzo Oliván, Heraldo de Aragón)