Último viaje para tres

 

Antón Castro


Andrés Neuman Buenos Aires, 1977) es un auténtico animal literario. De la estirpe de Borges, Roberto Bolaño o Enrique Vila-Matas. Cuanto toca rezuma de inmediato fábula, invención, talento, fervor por el lenguaje. Posee una enorme facilidad que le permite manejarse en casi todos los géneros: desde el aforismo y el microcuento a la poesía y a la novela. En su libro de relatos Hacerse el muerto (Páginas de Espuma, 2011) había un cuento vinculado a la muerte de su madre. Allí decía, casi a la manera de Kafka: “Enterramos a mi madre un sábado al mediodía. Hacía un sol espléndido”. En la novela Hablar solos, Andrés Neuman vuelve a abordar el tema de la muerte, pero aquí es la de un padre, Mario, que está dispuesto a vivir una insólita y hermosa aventura: decide coger su camión y salir a la carretera, a lugares con moteles, que obedecen al nombre de Región, Comala de la Vega, Santa María de la Reina, Pampatoro o Puerto del Este. La novela se articula a través de tres voces: la de Mario, que emprende su último viaje porque quiere sentirse muy cerca de su hijo de diez años, Lito, al que llama desde “lagarto políglota” a “marmota preguntona”. En ese viaje, paran aquí y allá, duermen en la cabina del camión, al que llaman Pedro, y Mario reconstruye la madeja de sus recuerdos, el torbellino del dolor y las oportunidades perdidas, con una certeza: “Las mentiras nos sirven para seguir viviendo”. La segunda voz es la del propio Lito, que se asoma al mundo abrazado a los videojuegos, que vive la travesía con auténtica fascinación, alejado por completo de la dolencia de su padre. Cada voz está muy matizada, y la suya es la de un muchacho de diez años que asimila los consejos, que inventa juegos, que come helados y hamburguesas con auténtica avidez y que siente veneración por el tío Juanjo.

Y la tercera voz es la de Elena, la madre del niño, la mujer de Mario. Es profesora de Literatura y está enferma de lectura, de libros, de citas y de autores. Dialoga con Roberto Bolaño, con Javier Marías, con Virginia Woolf, con Cynthia Ozick, con Flannery O’Connor, con Ana María Matute... Elena está enferma, sobre todo, de amor, de soledad, de inconformismo (“cuando no enseño me aburro y cuando enseño me frustro”: ese es su sino). Y quizá de piedad. La ausencia de los hombres de su casa le conduce hacia una peripecia afectiva y sexual, absolutamente desaforada, con el doctor Ezequiel Escalante, que haría las delicias de Sade y Bataille a la vez: le permite reencontrarse, recuperar los violentos orgasmos y mirarse al espejo. Y a la vez esa relación la sitúa en el límite del abismo y de la culpa, quizá porque percibe que “toda sinceridad es un poco póstuma”.

Andrés Neuman ha escrito una de esas novelas compactas, suspensas en el virtuosismo de la palabra y la frase corta como un hachazo, que llegan al alma y estallan allí con hondura, suavidad y crudeza. Los tres personajes son muy distintos y trabajan en la pantanosa región de los sentimientos, de la incertidumbre y del vacío. Después del adiós, deduce Elena: “La verdadera compañía es compartir un sincero no hacer nada”.


(Revista Mercurio, noviembre de 2012)
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