Cuando el cuento saca la lengua

Edgardo Dobry

 

Andrés Neuman (nació en Buenos Aires en 1977 y vive en España desde su adolescencia) cierra este libro con una «posdata argentina». En ella declara que su «dialecto literario es el castellano de España», a pesar de que en su novela Bariloche (excelente novela, que fue finalista del Premio Herralde 1999) se permitió «abordar el dialecto porteño sólo por exigencias del argumento». Ello le obligó a «reconstruir mi propia habla perdida hasta terminar [...] escribiendo en mi lengua materna como un extranjero». Escribir en la propia lengua como un extranjero: quizás cabe en esa definición toda la literatura argentina. A pesar de que en el «Epílogo-manifiesto», especie de arte poética incluida también en este volumen, Neuman define el «microcuento» como un género ajeno a Borges y a Cortázar, el libro contiene páginas de indudable evocación cortazariana (imposible leer «Hospital» sin pensar en el magistral «La señorita Cora» de Todos los fuegos el fuego) y otra titulada «Fundación mítica de la torre», donde la referencia borgeana es explícita. Además, el último cuento, protagonizado por un escritor y bibliotecario llamado Jorge Luis al que asiste una secretaria de nombre María, toma a Borges como un arquetipo de las tortuosas relaciones entre el poeta y el poder político. Por eso, cuando Neuman confiesa que sólo por razones de eufonía no tituló este libro Precario equilibrio, es inevitable pensar en esa compleja, siempre inestable hibridación entre dos territorios, uno de origen y otro de adopción, incluidos ambos en la misma lengua.


No se intenta con esto sugerir que Neuman sea más argentino de lo que él mismo pretende, sino que esa tensión, lejos de ser un lastre, es en su literatura un elemento del mayor interés. Teniendo en cuenta su juventud, llaman la atención algunas coincidencias con autores argentinos bastante mayores que él, que vivieron largos años en España. Por ejemplo, salvo algún cuento de ambientación parisina (como «La cabeza», sobre los últimos instantes de la vida de Luis XVI), sus relatos no tienen escenario definido, sino una especie de localización mítica; algo muy semejante sucede en los cuentos de Marcelo Cohen o de Andrés Erenhaus: como si la propia lengua -la misma exuberancia de una lengua híbrida, inscrita en un territorio en el que el centro y la periferia son inestables o móviles­- aportara el escenario y el paisaje.


Además del mencionado epílogo, el libro se divide en dos secciones: «Miniaturas» y «Brevedades». Las «miniaturas» buscan la esencia del «microcuento» elevando la elipsis a la categoría de recurso casi excluyente de la representación literaria. El caso más extremo es «Adolescente», relato que se reduce a una frase: «Y vio desvanecerse su inocencia mientras esperaba alguna noticia del tiempo». Es evidente en estas páginas el influjo de Augusto Monterroso, quien ­exaltado por una lectura demasiado veloz de las veloces predicciones de Italo Calvino­ ha hecho creer a toda una generación de escritores en castellano que el arte de la narración consiste en un chispazo de ingenio, como si el cuento fuera una forma del chiste. Idea muy barroca: por eso quizás ha tenido tanta fortuna en el ámbito de nuestra lengua. Por otra parte, cuando Neuman atribuye al «microcuento» una «sencillez hermética», como género que «sabe guardar un secreto», condensa una serie de referencias teóricas: por un lado, apela a un lector activo, que coopera en la imaginación de alguno de los probables finales. Pero también discute, implícitamente, con la famosa tesis de Ricardo Piglia según la cual todo cuento cuenta dos historias, una en primer plano y otra secreta, que se revela al final; idea que, dicho sea de paso, inconfesadamente Piglia tomó de un prólogo escrito por Borges, en 1964, para un libro de María Ester Vázquez: «El cuento deberá constar de dos argumentos -escribe Borges-­: uno, falso, que vagamente se indica, y otro, el auténtico, que se mantendrá secreto hasta el fin». Con lo cual, en la amplia palestra de las literaturas en castellano, Borges vuelve a aparecer, se diría que fatalmente, como origen y final de buena parte de las trayectorias posibles.


Las «brevedades», al ser piezas más largas que las «miniaturas», permiten un mejor desarrollo de las ideas y los procedimientos. Aunque mantienen la tendencia a los finales abiertos y a la concepción del relato como fábula o mito, aflora en ellos una visible familiaridad con la gran tradición europea del cuento, la que Cortázar «tradujo» al castellano y alcanzó en Virgilio Piñera, éste sí reivindicado por Neuman, una genialidad como de Kafka antillano. Resulta interesante reconocer la evocación (no declarada y quizá involuntaria) de los cuentos azules de Rubén Darío y, a través de él, la de Víctor Hugo, en la pieza titulada «Su majestad se consterna». El cuento «Los otros» da una sugestiva vuelta de tuerca a la pesadilla kafkiana de la transformación, y «Abstracto, paisaje» es una singular revisión de la figura del encuentro de un personaje con su propio fantasma; un asunto que, no casualmente, atrajo también a otro gran americano en Europa, Henry James. «Cada lector tiene su tradición inconsciente», declara Neuman en su manifiesto: acaso hubiera debido escribir «tradiciones». Puesto que siempre se trata de un haz, de un tejido, de algo multíplice y ambiguo. Sobre todo cuando sus raíces se extienden por un territorio tan vasto; un espacio que, en los libros originales y sugestivos como éste de Neuman, agrega al placer de leer un buen cuento la invitación a reflexionar, justamente, acerca de la rica complejidad de esas tradiciones cruzadas.


(Abc Cultural, 6 de enero de 2001)
Enlace al texto original

 


«Neuman hace especial hincapié en la exigencia de la síntesis y la elipsis. En las piezas que integran ambas secciones del libro, esos dos conceptos no desdicen nunca su aplicación exacta. Sorprendente oficio para formalizar ideas, sean de corte lírico o de ficción pura. Todos los cuentos están concebidos como mecanismos de sorpresa, emoción y ciertos destellos de autodesafío.»
(J. Ernesto Ayala-Dip, El País)


«Remite a las breves fulguraciones de los maestros del género: bellas acrobacias desencadenadas por un mecanismo vertiginoso y perfecto. Una búsqueda cuyos primeros resultados permiten alentar altas expectativas sobre la obre futura de Andrés Neuman.»
(Raúl Brasca, La Nación, Argentina)


«Ahora parece uno recobrar algo de aquella magia primitiva con este librito de cuentos que trae a la memoria ya oxidada esas perfectas y breves estructuras de Cortázar.»
(Javier Vizoso, Diario 16)


«Prosista corajudo, tenso, sólido. Todo ello, unido a leves detalles muy del gusto del autor y el halo borgiano, nos hace esperanzarnos con Neuman, seguir esperando un nuevo libro de esta joven estrella.»
(Vicente Luis Mora, Diario Córdoba)


«Diestro y original a la hora de contar historias sobre desasosiegos, Neuman destaca por sobre todo la corrección en la ejecución, la eliminación de cualquier elemento distractivo y la pureza de las estructuras.»
(Jorgelina Núñez, Clarín, Argentina)


«Recoge la más amplia gama de las emociones humanas. Una obra intensa, de gran riqueza conceptual. Cuentos que Andrés Neuman nos lega desde su intensa labor de percepción y observación del mundo.»
(Pilar Quirosa, Foco Sur)


«Lo asombroso es que en esa brevedad constante puedan transmitirse tantas cosas. Leer estos cuentos supone sumergirse en una densidad de significados en la que el lector no sólo disfruta de lo escrito con contundente exactitud, sino que, además, prolonga su lectura en lo sugerido, en los silencios. Una tensión contenida, especial en cada uno de los cuentos, que atrapa inmediatamente al lector, lo seduce sorprendiéndolo a medida que avanza por las páginas.»
(Sonia Fernández Hoyos, El Fingidor)


«Textos abiertos, insinuantes, libres. Su estilo es cuidado y sugerente, y en tan sólo unos breves trazos es capaz de crear un mundo que tiene un valor intrínseco. Es una cualidad que no todos los narradores poseen y que le augura un buen porvenir.»
(Francisco Morales Lomas, Diario Málaga)


«Un rica amalgama de historias e ilusiones, y que no cabe en las coordenadas convencionales. Neuman supera el planteamiento tradicional impuesto por sus maestros. Brevedad intensa y de calidad en manos de un escritor que, más allá de reclamos publicitarios, vuelve a sorprendernos.»
(Emilio Peral, Reseña)