Instantes

Miguel García-Posada

 


Segundo libro de cuentos de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), El último minuto sigue a la recopilación cuentística de El que espera (Anagrama, 2000), que sorprendió gratamente. Con él comparte no pocas características, incluidos dos apéndices críticos donde el joven autor hispanoargentino reflexiona sagazmente sobre la poética del cuento. Hispanoargentino, en efecto, por filiación y aventura vital, Neuman es castellanoescribiente por decisión propia: se ha instalado, pues, en el ámbito castellano de las literaturas en lengua española.

Cuando el crítico se enfrenta a un escritor tan preparado para la reflexión teórica como el nuestro, siente ciertas perplejidades sobre la pertinencia de su discurso. Es conocida la objeción de no practicante que algunos hacen al crítico; Neuman, en cambio, teoriza y practica. El autor de Bariloche, su primera y hasta ahora única novela (Anagrama, 1999), y responsable también de dos atinados libros de poesía (Métodos de la noche y El jugador de billar, 1998 y 2000), lo sabe todo sobre el cuento, o da la impresión de que lo sabe todo, lo que viene a ser lo mismo, en las notas con que cierra el volumen. Ni por su tono ni por su contenido tratan estas notas suyas de erigir ninguna barrera cortafuegos, de alzar ningún escudo protector. Es lo suficientemente brillante y desenvuelto nuestro escritor, cosa que a su edad lo honra, para verse obligado a recurrir a tales argucias.

Las notas que cierran este segundo libro de cuentos enlazan fluidamente con el sentido y configuración de los materiales narrativos propuestos. El cuento, dice el autor, debe vivir en la simultaneidad; el cuentista ha de saber callarse a tiempo; es un sprinter y existe en la condensación y la velocidad­; el cuento puede ser hermético; además ­-y en eso diferimos-­, Neuman se explaya sobre el cuento de los géneros. Éste es un prejuicio de origen idealista, acuñado por Benedetto Croce, que resiste imperturbable todos los cambios en la teoría de la literatura y sus aledaños.

Muy ajustadas son, por lo general, las consideraciones de Neuman, filólogo de profesión, que dista de ser, por tanto, un aficionado metido en vericuetos ajenos; lo que nos importa de ellas es sobre todo su ejecución, su práctica. Y cabe decir que la fortuna acompaña al autor en la mayoría de los treinta cuentos que integran el volumen. Inclinado a lo que llamaba en el libro anterior «brevedades» más que a los «microrrelatos», aunque los haya también, muchos de estos cuentos abocan a un universo sombrío, como parece sugerir el mismo título, si bien otros son más risueños, con independencia de que el título señale ante todo, me parece, una reflexión metaliteraria, e indique la tensión consustancial al cuento, según da a entender el autor en sus consideraciones finales. Las citas previas, debidas a Pascal, Braque, Van Gogh y Marzal (lo que ahora se llama los paratextos), insisten en esta línea existencial, aunque la más reveladora es la cita de Van Gogh sobre la relevancia de las «pequeñas emociones», pues éstas son acaso el eje mismo del cuento, o al menos de bastantes cuentos.

Hay un conjunto de textos que sobresalen por encima de la media. Así, «Un cigarrillo», de ambiente rufianesco; «La bañera», tan desmitificador como espeluznante en torno al suicidio de un abuelo; «El discípulo», lúcida metáfora sobre la inanidad de la ciencia; «El pulso», cenitalmente sórdido en su fabulación del rencor; «El umbral», magistral fantasmagoría sobre una rara audición de música; «El pianista holandés», perfilado también de irrealidades; o «Amor ruso», delicioso divertimento, acaso un punto excesivo.

Es claro el propósito de Neuman de evitar lo trillado y descargar al género de todo peso novelesco para dar la quintaesencia de lo cuentístico. Eso es una virtud. Pero también encierra sus contrapartidas: el peligro de la inanidad, el sostenimiento de la pieza en el vacío (véase «Continuidad de los infiernos»), la incursión en la boutade (véase «Tú no eres quién») o en la nonada (véanse «S.O.S. Dios», «Ars volandi», «Aire»), el extremo hermetismo -hablo de un grado máximo de hermetismo, no del hermetismo en sí­-, el triunfo, en fin, de la fantasía sobre la imaginación (véase «Yerma»), que es un peligro hasta cierto punto intrínseco al género. Pero incluso cuando esto sucede, siempre hallamos el contrapeso de un estilo leve, ligero, aéreo, exento de retóricas fraudulentas y nada manierista. Se lee con placer a este joven escritor, en quien se advierte entusiasmo, que era para Juan Ramón Jiménez condición indispensable en el artista.

El propio autor invoca a todos o casi todos los padres inmediatos de tal manera de narrar, tanto en este volumen como en el anterior. Son destacadamente entre los escritores en español, Augusto Monterroso o Juan José Arreola (y Perucho o Monzó entre los catalanes), además de los últimos (o penúltimos) cuentistas norteamericanos (véase, por ejemplo, el sustancioso volumen colectivo Ficción súbita, que publicó Anagrama hace ya algunos años). Padres mediatos hay muchos y algunos invoca Neuman: por orden, entre otros, Ricardo Piglia, Carver, Borges, Rossi, Benedetti, Rodolfo Wilcock, Eduardo Galeano, Vila-Matas, Cortázar, Bioy Casares, Bradbury, Singer, Twain, Kafka, Quiroga, Poe, Rulfo, Caldwell.

Pero Andrés Neuman no tiene voluntad de epígono; llega a la literatura con impulso propio, con energía personal y poderosa. La amplitud de sus intereses literarios hace concebir las mejores esperanzas. Neuman se ha hecho ya con un espacio propio en la nueva cuentística española, no siempre tan renovadora como cabría esperar. Que éste sea su segundo libro de cuentos significa también que no es la suya una dedicación secundaria al género, circunstancia que importa destacar. Sólo los necios pueden considerar que el cuento es una forma menor.

(Abc Cultural, 1 de diciembre de 2001)
Enlace a texto original



«El jovencísimo escritor Andrés Neuman es en sí mismo todo un género de ficción. Creador rebelde y filólogo sensato, autor apresurado y escritor que puede defender su madurez, acaba de publicar un libro de cuentos que contiene ficciones realmente inolvidables. Se trata de una declaración de amor a la ficción.»
(Luis García Montero, El País)
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«Andrés Neuman está levantando en España una obra poética y narrativa merecedora de una positiva recepción crítica y una mayor acogida entre los lectores. El último minuto prueba su solidez en el arte difícil del cuento.»
(Ángel Basanta, El Cultural)
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«He leído El último minuto con la certeza de que en sus páginas hallaría destellos de complicidad, ramalazos de melancolía y sabiduría literaria. Así de lujosa es la escritura de Andrés Neuman, que lo mismo nos arrasa de ternura con cuentos conmovedores como “La bañera”, o nos convierte en sus ‘eslavos’ con “Amor ruso”. El “Apéndice para curiosos” -prórroga o epílogo del presente volumen- contiene observaciones rotundas e interesantes sobre el cuento.»
(Fernando Iwasaki, Abc)


«Un especialista del relato breve. Puedo augurar a este libro aplausos y murmullos. Un resultado armonioso y unitario. Su virtuosismo es el de atestiguar lo que sucede al filo de las navajas, donde el hombre encuentra sus cualidades de animal indefinido o de ser absurdo.»
(Daniela Tarazona, Excelsior, México)


«El escritor retoma con habilidad el género del relato. Espacio narrativo donde Neuman se mueve con soltura estilística y un elegante sentido de la ironía, impregnado de minuciosos y acertados destellos poéticos. Y como broche, una excelente poética en defensa del relato.»
(Guillermo Busutil, Sur)


«Al leer este libro de relatos de Andrés Neuman, vuelvo a pensar que toda ficción memorable es una forma de iluminar la realidad. Al indudable oficio de narrador que posee, se suma una capacidad poco frecuente de generar una reflexión lúcida y calara acerca de los procesos de escritura. Sabiduría y acierto en un libro sugestivo, renovador.»
(Antonio Jiménez Millán, El Fingidor)


«Un consumado maestro del relato corto y muy corto, que ha sabido armonizar el término frescura recreándose en las palabras e invitándonos a rescatar del olvido algunas de las lecturas más memorables del siglo XX. Estamos ante un libro de relatos diferente, que asombra por la precocidad de su creador. Hay que celebrar que se reedite.»
(Luis García, Diario Córdoba)


«Los variados recursos de Neuman presuponen una originalidad, el empleo de la paradoja, la ironía, la sátira o el humor, para llegar a un final tan sorpresivo como ingenioso, además de un registro lingüístico tan rico como sutil.»
(Pedro M. Domene, Artes y Letras)


«Escenarios a veces cotidianos, otras oníricos, pero siempre originales y a veces inolvidables. La galería de personajes también resulta digna de mención. A estos ingredientes hay que añadirle el atractivo del lenguaje empleado: certero y discretamente nutrido de imágenes y comparaciones brillantes. Por todo ello, El último minuto es un libro de lectura gozosa y edificante, ya que en su epílogo encontramos un interesante material acerca del cuento, de cómo escribirlo.»
(Txani Rodríguez, EiTB)


«Andrés Neuman escribe con la mirada inaugural del poeta y con todas las mañas del experto narrador. Maestro en tantas cosas, es un consumado artífice del diálogo.»
(José Luis García Martín, La Nueva España)


«Un volumen de cuentos importantísimo en la obra del autor. Perfectos –y disímiles, pero complementarios– ejemplos de ese salto al vacío, que finalmente concluye en deliciosas experiencias. Un registro que abarca desde los cuentos más inmediatos a los más surrealistas, siempre con una marca de origen, un género: el cuento de Neuman. Promete un pasatiempo entretenido y cumple, sin dejar de ser una apuesta ambiciosa: la de construir una voz diferente.»
(Juan Manuel Candal, El leedor.com, Argentina)
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«Con un golpe seco, los primeros dos cuentos preparan el terreno y establecen el canon para el resto del libro. Se podría decir que marcan la melodía sobre la que, como las Goldberg de Bach interpretadas por Glenn Gould, los otros cuentos irán realizando con bastante destreza las variaciones. Andrés Neuman decide abrir el libro con mucha clase y, sin demasiadas vueltas, poner en primer plano el título del volumen. En cuatro o cinco páginas logra construir relatos tensos, algunos bastante incómodos que tienen mucho del dinamismo extraño y cruel de Flannery O’Connor. Sin caer en la imitación o perder su marca, cita a los escritores paradigmáticos echando mano a las diferentes formas de construir un relato breve –y tal vez ése sea uno de los grandes aciertos de El último minuto

(Ezequiel Acuña, Radar Libros, Página 12, Argentina)
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