Los ojos bien abiertos

Lorenzo Oliván

 


Con poco más de veinte años, Andrés Neuman ha demostrado ser un autor polifacético, que lo mismo escribe poesía que libros de relatos o novelas (recordemos que Bariloche resultó nada menos que finalista en el prestigioso Premio Herralde). Él ha llegado a bromear sobre su bifrontismo hablando de cierta mentalidad esquizofrénica al enfrentarse a la literatura, por más que el lector entrevea fácilmente los vasos comunicantes que acercan ambas vertientes.

Su primer libro de poemas, Métodos de la noche (1998), tenía algo de diario orquestado. A ello ayudaban los distintos títulos de cada sección, «Preludio», «Andante», «Lento», «Intermezzo» y «Grave». El dinamismo sugerido se correspondía con una marcada evolución temporal, que iba desde los iniciales poemas, enmarcados en el amanecer, a los últimos, con la noche al fondo. Lo que quedaba patente en este maridaje de música y luz era la obsesión del poeta por el matiz, por las imágenes, por el adjetivo revelador, por el lado más sensorial (y menos intelectual o reflexivo) de la escritura.

El jugador de billar busca la misma unidad orgánica, llevada incluso a extremos, convertida casi en reto: variaciones sobre el juego del billar, en las que el factor tiempo vuelve a ser importante, como si el lector estuviese ante un conjunto de instantáneas sobre un mismo motivo, pero ordenadas, desde un antes a un después. Es interesante una de las citas que abre el volumen, tomada de Bachelard, ese filósofo con mucho de poeta, experto en analizar la fenomenología de nuestras sensaciones: «Hay que estar en el presente, en el presente de la imagen, en el minuto de la imagen». En Métodos de la noche, Neuman lo advertía con otras palabras: «¿No sabías que al fondo de un intento /­si es nuevo y palpitante­ / aguarda siempre una granada?». Y sí, a eso se dedica el autor de este libro, a abordar una realidad aparentemente anodina intentando que se le abra entre las manos como un hermoso fruto.

Aquí no hay descriptivismo plano, sino un claro deseo de ir también más allá de lo aparente. Neuman demuestra que la realidad hay que reinventarla en el propio acto de escribir. Su mirada metafórica establece la red de relaciones y correspondencias que hacen más grande el mundo, y acierta especialmente cuando, sin alegorías forzadas, con la naturalidad de la intuición que se impone indemostrable, el juego que se trae entre manos cifra la vida misma o adquiere incluso un inquietante temblor metafísico: «¿No es cierto, jugador, / que el tránsito que observas en las bolas / se parece a la trágica armonía / del tiempo cuando pasa, / de la vida que ocurre / y se detiene, / muda, / para iniciarse en otro cuerpo?».

Borges nos enseñó de forma magistral que en una simple partida de ajedrez cabe el hombre y su destino, Dios y un posible Dios aún superior. Andrés Neuman hace de una sencilla mesa de billar un pequeño orbe paralelo al nuestro. Hay jugadas erradas (por ejemplo, la repetición de la metáfora que identifica con demasiada obviedad al taco con una lanza), pero también hay aciertos contundentes y versos que rozan el misterio con la precisa delicadeza con que una bola puede rozar a otra. Respecto a su primer libro, el poeta ha ganado en intensidad expresiva, en musicalidad, en capacidad de sugerencia, en trasfondo, en agudeza visual. En definitiva, ha hecho efectiva su poética: «Digamos que si la poesía es una mirada, entonces lo justo será tener los ojos bien abiertos». Tengámoslos así nosotros, para seguirle la pista a esta voz que va a más.


(Abc Cultural, 8 de septiembre de 2001)
Enlace al texto original


«El libro gana con las sucesivas lecturas, revela perfiles insospechados, matices y resonancias que se intrincan en un juego sutil. Si no me equivoco, ése es el don que alienta a los buenos libros. Una excelente muestra de dominio del lenguaje, agudo sentido del ritmo, inteligencia y revelación intuitiva. Me reconcilia con este nuestro caótico tiempo de chapuzas estéticas y supercherías literarias encontrar un libro de un joven poeta que es capaz de conservar bien alta la antorcha.»
(Eduardo García, Milenio)


«Todos somos de alguna manera como este personaje: actores y espectadores del drama de nuestra vida. Cuando la vida se vive sin más, resulta sencilla; cuando se reflexiona sobre ella, es endiabladamente compleja. Esto Andrés Neuman lo ha sabido expresar muy bien. Fantasmal partida, inquietantes reflexiones.»
(Francisco Alba, Reloj de Arena)


«Una delicada descripción de juego y jugador frente a la discordia del tiempo y del aprendizaje.»
(Manuel Quiroga Clérigo, Melilla Hoy)


«El poeta crea, a través de los versos, una especie de simbiosis entre el jugador y los objetos, los elementos del juego, equiparando la vida con una larga partida de billar. Un poemario breve, pero intenso, un planteamiento original y sorprendentemente conseguido.»
(Salvador Alonso, Artes y Letras)