En el tiempo

Miguel García-Posada

 

Tromba de juventud y energía, Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) ha irrumpido en el escenario de nuestra literatura con marcado vigor. A sus veinticinco años, el joven escritor hispanoargentino -­joven de veras, no de profesión­- ha publicado ya tres libros de poesía (­El tobogán es el tercero)­, dos novelas y dos libros de cuentos, y ha obtenido algunos reconocimientos a su labor, el último de ellos por este Tobogán, XVII Premio de Poesía Hiperión, que ahora se edita.

Tengo a Andrés Neuman por un escritor muy inteligente, muy hábil de reflejos literarios y dueño de un idioma preciso, centelleante, tanto en prosa como en verso. El tobogán no desmiente ninguna de estas características, que en modo alguno deben confundirse con la improvisación. Es significativa sobre el particular la misma estructura de este poemario: lo abren seis poemas sobre el pasado («El origen») y lo cierran otros siete sobre el porvenir («El futuro») y ambas secciones alcanzan extensión equivalente. En medio discurre un amplio ciclo de versos de amor («En ocasión de ti»), que vienen a «rellenar» el hueco del presente, con el apéndice de cinco canciones, que acogen algunos episodios amorosos de circunstancias y de visible sesgo irónico (v. gr., «El rock de la chica eléctrica» o «Lolita jazz»).

Esta distribución de la materia temática, que postula una deliberada simetría, está ya aludida por el verso de Quevedo que encabeza el libro: «En el hoy y mañana y ayer junto... [pañales y mortaja, y he quedado / presentes sucesiones de difunto]». El tobogán es, pues, un libro sobre y en el tiempo, como lo corrobora a mayor abundamiento su título, que es también el de un texto homónimo situado hacia el final del poemario, donde el sujeto poético, aún joven, comienza a notar «una aceleración ajena de los años» y tiene la conciencia de saberse en «una antesala / del tobogán». Es mucho más minucioso Neuman de lo que parece a primera vista: así, no es un simple capricho que los títulos de los poemas vayan enmarcados entre paréntesis, como si sólo fueran parte del conjunto y no se les considerara textos «autónomos».

Pero conforme a la mejor tradición de la poesía castellana, el acento puesto sobre la fugacidad del existir no conjura el canto o cántico al puro presente diamantino, al «amor más constante que la muerte», que el propio Quevedo resumió en el memorable verso «polvo serán, mas polvo enamorado». Hace treinta o cuarenta años Andrés Neuman tal vez se hubiera deleitado en los sabores preagónicos del tiempo destructor. Hoy, desde una cosmovisión postexistencialista y en cierto sentido nietzscheana, canta sus mismos principios de ser existente, celebra, y alguna vez deplora, su pasado, y se demora en exaltar el «Eros que participas del origen», según la aducida cita de Sófocles que encabeza esta sección, para deslizarse cauteloso por los primeros tramos del vertiginoso tobogán del tiempo.

El pasado es el origen: origen del propio engendramiento, con sabio uso de las especulaciones numéricas, que poseen ciertas connotaciones platónicas; miedo a la vida, visión hostil de la violencia que la vertebra a ésta. En enumeraciones caóticas celebra, y llora, el autor a la ciudad nativa, Buenos Aires, evocada en años trágicos, y sede ahora de rotas raíces. La sección central, con su apéndice de canciones, constituye una comunión con Eros, que se expresa a través de un cuerpo femenino, el de Claudia, cuerpo que ilumina esta porción del texto; a este tema se acerca el autor en sucesivas variaciones, en las que no faltan las albadas medievales -­las «alboradas» del autor­-, y por dos veces: «Adiós, amor, que el alba se abrigue con tus muslos»; y: «...me despido del amor sagrado, / de ese amor que no vuelve, no de ti».

No es el único guiño textual a la tradición. Si «Junto al río» insinúa el ámbito idílico, el llamado locus amoenus, «Locus incompletus» lo expresa de modo explícito. Pero en el ámbito nocturno y sagrado de los amantes, las delicadezas verbales que el amante profiere no excluyen el contundente coloquialismo: «el miedo a que el placer nos deje bizcos». (Otras referencias paratextuales, colaterales a los textos, proceden de Bertold Brecht y Roberto Juarroz.)

Las cinco canciones que completan esta parte central tienen algo de scherzo burlón, están exentas de patetismos pero también de optimismos ilusorios. Son paradigmáticos los versos finales de «Jardín del cementerio»: «Escribe un nombre propio el tiempo en cada lápida / y sin embargo, hermosas, / cuelgan pequeñas flores del almendro».

Andrés Neuman se vale preferentemente del verso blanco, sin renunciar al versículo y tampoco al poema en prosa. aunque se trata más bien de verso dispuesto en forma de prosa; ensaya también la combinación métrica peculiar (véase «Canción rusa»). Su verso es ágil, brillante, incisivo y su lenguaje claro pero grávido muchas veces, aunque en ocasiones las facultades retóricas del autor se sobrepongan a las estrictamente poéticas.

En «Epístola desde el puente», el sujeto poético se dirige a su destinataria y le habla del confuso espectáculo del mundo, para concluir: «...antes de cruzar, recuerda que te nombro y pregunta por Caronte», es decir, el barquero («fúnebre» lo llama Machado) que en la mitología clásica transportaba las almas de los muertos por la laguna Estigia hacia el Hades. La referencia clásica y funeral empalma con los lapidarios versos del autor: «Digo morir y soy / el primer extranjero de mi lengua». Sin estridencias ni turbiedades especulativas, Neuman conduce al lector hacia umbríos parajes temáticos.


(Abc Cultural, 22 de junio de 2002)


«Probablemente la voz poética más interesante de mi generación. Un texto cristalinamente lírico cimentado en la memoria y la imaginación -que acaso sean lo mismo- y repleto de tanta piedad como ternura. El amor, ese pasado que parece futuro y principalmente el carácter fronterizo de la identidad son los temas que va abordando el libro con un tono que aúna ingenio y sensibilidad.»
(Luis Artigue, Diario de León)
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«Se consolida ya como una de nuestros mejores autores. Es alentador que un poeta se la juegue de esta manera... Neuman prefiere la inteligencia. Sabe comunicar emociones, pero sin maltratar al lector, sin darle la paliza con argumentos morales. En la sección ‘En el origen’, la piel se eriza al leer todos y cada uno de los poemas... Cierra el libro con lo mejor de su repertorio. De ‘Palabras a una hija que no tengo’ diré lo más que se puede decir de un poema, que me gustaría haberlo escrito yo. Muchos de ustedes pensarán esto mismo después de leerlo.»
(Pablo García Casado, Mercurio)


«Una apuesta vigorosa, e intensamente personal, por una poesía que no sabría renunciar (ni tendría por qué hacerlo) al referente realista, pero que desde ahí se abre, de par en par, al poder alusivo de las imágenes, a la conminación del símbolo y al pulso transgresor de las vanguardias. Un libro extremadamente próximo, con las dosis precisas de contención y audacia. Dotado, en suma, de esa impagable temperatura humana que distingue a la mejor poesía.»
(Ángel Zapata, Muface)


«Con El tobogán, Andrés Neuman da una nueva vuelta de tuerca a su peculiar proceso de renovación... Neuman ha sedimentado en muy poco tiempo una significativa obra poética y narrativa.»
(Manuel Rico, Babelia)


«Así funcionan los buenos libros de poesía y la buena literatura: expresan un mundo personal que se transforma, gracias al trabajo preciso de un escritor consciente, en una fuente de donde todos podemos beber y refrescarnos. Y todo ello con la nitidez más eficaz y provechosa, una nitidez que encontrará lectores, y buen puerto, y fortuna.»
(José Carlos Rosales, Ideal)


«Todas las clases de amor son abordadas en un libro brillante que contiene un buen puñado de espléndidos poemas.»
(Reloj de Arena, Los 40 mejores libros del año 2002)


«Con suficiente distinción como para ser considerada una obra ejemplar de la poesía que viene. Como sucede en las obras más sobresalientes de su momento, este libro contiene un puñado de poesías dignas de figurar en cualquier antología. Quizá portavoz involuntario de una nueva generación, Neuman entremezcla el verso blanco con eclécticas formas de sonoridad rítmica. No se adscribe a ninguna corriente concreta pero se atreve con todo: poemas emocionantes, irónicos, surrealistas, bucólicos, existenciales.»
(Pedro Fernaud Quintana, La Semana.es)